SISTEMAS DISEÑADOS PARA HOMBRES LIMITAN EL POTENCIAL FEMENINO EN STEM. SE REQUIEREN ESPACIOS DONDE NO SE PROMUEVA LA COMPETENCIA ENTRE MUJERES, SINO LA COLABORACIÓN, LA EMPATÍA Y EL RECONOCIMIENTO MUTUO.

Una columna de Luisa Fernanda, también conocida como Wichita Científica, estudiante de Biología y Antropología en la Universidad de Pennsylvania, nos regala un texto poderoso sobre el Día de la Mujer en la Ingeniería que va más allá de evidenciar las brechas: propone, cuestiona y nutre la conversación con la voz de más chicas que hoy estudian y habitan la ingeniería. Desde su propia experiencia hasta los testimonios de otras jóvenes, este texto nos invita a mirar con ojos críticos el sistema actual, a escuchar activamente a las juventudes, y a imaginar futuros donde la inclusión no sea solo una invitación simbólica, sino una transformación estructural real. ¡Qué tu lectura sea fructífera!

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En Guatemala, descubrí que mi amor por la ciencia era menos importante que el hecho de ser mujer.

Desde comentarios como “qué raro que te gusten las mates, si eso es para hombres”, hasta titulares que me llamaban “la única mujer del equipo”, aprendí pronto que mi presencia en estos espacios era vista como una excepción, no como algo natural.

Cuando me mudé al hemisferio norte, pensé que las cosas serían distintas. 

No lo fueron.

Aunque estudio biología, me uní a un club de ingeniería que desarrollaba un proyecto de inteligencia artificial en salud. Éramos quince miembros y yo la única mujer. En las reuniones, mis ideas eran constantemente puestas en duda o descartadas. Las mismas ideas, cuando venían de un compañero, eran escuchadas, valoradas, e incluso implementadas.

La frustración me llevó a dejar el club y a cuestionarme: ¿fue por mi acento? ¿por cómo me visto? ¿o simplemente por ser mujer?

Hoy muchas puertas se están abriendo para que más mujeres entren al campo STEAM. Pero me sigo preguntando: ¿esas puertas conducen a espacios donde realmente se nos escucha y se nos valora? ¿O seguimos siendo visitantes temporales en un lugar que no fue diseñado para nosotras?

No queremos un asiento en la mesa, queremos rediseñarla

Mi experiencia no es nueva. Tiene raíces profundas en la historia de cómo se construyó el conocimiento. Desde tiempos antiguos, la razón —entendida como lógica, pensamiento y objetividad— fue asociada exclusivamente con los hombres. A las mujeres, en cambio, se les vinculó con la sensibilidad y la emoción, atributos ligados a su rol tradicional de madres y cuidadoras. 

Esta percepción no solo las relegó a un segundo plano, sino que sirvió como excusa para negarles el acceso al conocimiento. Aprender matemáticas, filosofía o ingeniería era, supuestamente, incompatible con su “naturaleza”.

Las religiones y los roles de género reforzaron esta brecha: mientras los hombres accedían a la educación formal, a las mujeres se les enseñaba a bordar, cocinar o ser discretas. Las ciencias y la tecnología no eran consideradas espacios para ellas.

No fue hasta finales del siglo XIX que algunas mujeres comenzaron a ingresar a las instituciones de ingeniería y tecnología. Siempre bajo más restricciones que sus compañeros, como documenta el libro Girls Coming to Tech! 

En el hemisferio sur, los avances fueron aún más lentos. Mientras en 1876 se graduaba la primera ingeniera de Estados Unidos, en Latinoamérica ese hito llegó recién en 1918, cuando Elisa Bachofen obtuvo su diploma en ingeniería civil en Argentina.

Elisa Bachofen, mujer en la ingeniería

Una mesa coja: datos que incomodan

Hoy, 127 años después de ese acontecimiento, hemos avanzado en el mundo de la mujer en la Ingeniería, sí. Pero aún queda mucho por hacer. En América Latina, las mujeres representan en promedio un 41% de quienes trabajan en áreas STEM. Sin embargo, la brecha salarial persiste: en México, por ejemplo, las mujeres ganan en promedio un 16.4% menos que los hombres, aún realizando las mismas funciones.

Y el problema comienza antes, incluso en las aulas. A nivel global, solo el 16% de las mujeres logra graduarse de una carrera STEM, una cifra significativamente menor a la de los hombres.

Conversar con mujeres estudiantes de ingeniería en Latinoamérica ha sido revelador. Una de ellas —a quien llamaré Anne Locke— me contó cómo, al comenzar la carrera de Ingeniería en Informática y Sistemas, fue recibida con bromas y comentarios micromachistas por parte de compañeros y profesores. 

Otra estudiante, de Ingeniería Química Industrial, relató cómo existe una competencia tóxica entre las pocas mujeres de su carrera. Además, mencionó que muchas veces sus ideas no son tomadas en cuenta hasta que algún compañero hombre las repite o valida.

Estos testimonios revelan una verdad incómoda: aunque hoy se permite que más mujeres entren a las escuelas de ingeniería, estas instituciones siguen siendo espacios diseñados por y para hombres. Se espera que las mujeres “se inserten”, pero ¿en qué condiciones? ¿Deben adaptarse a un sistema que nunca fue pensado para ellas y que les niega oportunidades reales?

Se requieren espacios donde puedan tener voz y voto en la toma de decisiones de proyectos, donde lideren sin ser constantemente puestas en duda, y decisiones personales, como ser madres o no, no se conviertan en obstáculos. Lo más importante: espacios donde no se promueva la competencia entre mujeres, sino la colaboración, la empatía y el reconocimiento mutuo.

De mesas largas a mesas circulares en el Día de la Mujer en la Ingeniería

Para lograrlo, se necesita una educación en ingeniería que no esté basada en un modelo único de éxito, sino que valore la diversidad de perspectivas. Que fomente la colaboración interdisciplinaria y la creatividad desde distintos marcos culturales, personales y académicos. Esta transformación permitiría no solo formar ingenieras más completas, sino también desarrollar soluciones más efectivas a problemas sociales, abordándolos desde miradas más integrales, humanas e inclusivas.

Un ejemplo de esto es el caso de Heidy Sincal, estudiante de Ingeniería Química, quien reconoce que ha encontrado un entorno más abierto:

“En mi carrera todas las personas tienen voz y voto, y siento que sí son tomadas en cuenta.”

Sin embargo el desafío no solo está en retener a las que ya están, sino en inspirar a nuevas chicas a imaginarse dentro de estos espacios. 

Mel, una joven interesada en ingeniería, lo expresa con fuerza:

“Sí he sentido que la ingeniería no es para niñas. Algunos chicos me han dicho que es demasiado difícil o que no es una carrera para mujeres. Comentarios como ‘eso es de hombres’ o ‘no vas a poder’ me han hecho dudar.”

O Fátima Inés Barrios, estudiante de Ingeniería Química Industrial, me compartió una experiencia que lo revela:

“No pensaría que existen códigos que excluyan a mujeres, pero me han dicho que ‘no tengo el estereotipo de una ingeniera, porque solo conocen ingenieros’. Eso dice mucho.”

Estos relatos no son casos aislados, sino señales de un sistema que aún no ha sido diseñado para todas las personas por igual. 

No basta con que las mujeres simplemente encuentren un lugar en una mesa que no fue pensada para ellas. La verdadera transformación exige que esa mesa se rediseñe desde sus cimientos, para que sea un espacio inclusivo donde todas las voces tengan el mismo peso y las diferencias sean valoradas como una fortaleza. 

Solo así se podrá construir una ingeniería que refleje la diversidad real de quienes la habitan y de los problemas que busca resolver.

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La invitación es a cuestionar el sistema actual: sus normas, estructuras y formas de liderazgo que excluyen o limitan a tantas personas. 

¿Estamos dispuestxs a cambiar esas bases para crear un espacio donde todxs las personas puedan participar, innovar y liderar desde su autenticidad? Cuéntanos tu opinión.



Fecha de Publicación:
Lunes 23/06 2025