DESMONTAR EL MITO DEL “ARQUITECTO” COMO HÉROE MODERNO Y PROPONER, EN SU LUGAR, UNA ARQUITECTURA CONSCIENTE DE SUS LÍMITES, CAPAZ DE IMAGINAR DESDE EL CONFLICTO Y NO DESDE EL CONSENSO
Cada primer lunes de octubre, el Día Mundial del Arquitectx celebra una profesión que, más que técnica o creativa, es una forma de pensamiento sobre el habitar. Pero quizá, detrás de esa celebración, valga la pena volver a la pregunta fundacional: ¿qué significa ser arquitectx y cuál es, en realidad, su relación con la ciudad hoy?
Desde la modernidad, el arquitecto ha sido concebido como un individuo autónomo, un sujeto que —armado de razón, creatividad y genio— interviene en el mundo para mejorarlo. La arquitectura, bajo esa mirada, sería el resultado de un acto de libertad, la obra como extensión de la imaginación. Sin embargo, esta idea no es inocente. Responde a un modelo filosófico que hizo del arquitecto un embajador de la modernidad, un héroe racional que, bajo la promesa del progreso, debía resolver los problemas del mundo.
Pero este héroe es también una ficción. En las últimas décadas, el entramado teórico que sostenía su autonomía se ha revelado insuficiente. La práctica arquitectónica contemporánea no opera en un vacío creativo, sino dentro de una red de sistemas técnicos, económicos y políticos que condicionan sus posibilidades. Como propuso Bertrand Gille, toda sociedad es una relación sistemática de sistemas; el arquitecto no es un sujeto libre que diseña desde la nada, sino un mediador inmerso en un entramado de dependencias que define lo que es posible imaginar y construir.
En este sentido, la idea del arquitecto como genio creador se convierte en una estetización del individuo moderno, una representación sensible del ideal ilustrado de autonomía y progreso. La figura del arquitecto mantiene viva esa promesa fallida de la modernidad: la de un sujeto capaz de dominar la complejidad del mundo a través del orden y la forma. Pero esta promesa —como toda ficción moderna— oculta sus propias crisis.
¿Y la ciudad?
La ciudad, por su parte, no escapa a esta lógica. Lejos de ser un escenario neutral o un simple espacio de convivencia, es también una ficción de orden, una herramienta de dominio que traduce en geometría la aspiración moderna de controlar la vida. Desde el urbanismo cartesiano hasta las utopías funcionalistas, cada modelo urbano ha intentado suturar la angustia del caos mediante la promesa de un orden racional. Sin embargo, es precisamente ese orden el que produce exclusión, desigualdad y violencia: la autonomía de algunxs —esa mirada privilegiada— impide la autonomía de otrxs.
Pensar la ciudad como ficción implica reconocer que existen muchas ciudades dentro de La Ciudad: las del poder y las del habitar, las visibles y las omitidas, las proyectadas y las vividas. William Brinkman propone distinguir entre ciudades hipermetrópicas —producidas desde la mirada lejana y abstracta del planeador— y ciudades miópicas, elaboradas desde la experiencia inmediata de quienes viven y padecen el hecho urbano. La primera ordena; la segunda resiste. Ambas conviven en tensión permanente, y su relación define el conflicto contemporáneo entre arquitectura, política y vida.

¿La arquitectura es política?
En este punto, la arquitectura se enfrenta a un dilema. Como plantea Jacques Rancière, las sociedades actuales han sustituido la política por el consenso: un sistema que busca eliminar el conflicto y mantener la armonía. En ese contexto, la arquitectura se ha convertido en una herramienta del consenso, encargada de suturar las fracturas del vínculo social que el propio sistema produce. Se pide al arquitecto “hacer ciudad” mediante la rehabilitación, la renovación o la regeneración urbana; pero rara vez se le pide pensar nuevas formas de vida. Su tarea se reduce a reparar las consecuencias del orden, no a cuestionarlo.
Esto conduce a una pregunta incómoda: ¿puede existir una arquitectura política hoy? Es decir, una práctica capaz de abrir espacios donde el disenso —esa voz de los que no tienen parte— vuelva a ser visible y sensible. Una arquitectura política no sería aquella que representa al pueblo, sino aquella que devuelve al espacio su dimensión conflictiva, que rompe el consenso y permite que lo común vuelva a ser disputado.
Sin embargo, incluso este intento corre el riesgo de caer en el mismo círculo uróboro que critica: todo orden que busque organizar la vida termina negando parte de ella. De ahí que el arquitecto deba renunciar a su ilusión de autonomía y asumir su condición situada: no como un genio creador, sino como un intérprete consciente de los límites que definen su tiempo.
Quizá, entonces, “hacer ciudad” no sea construir más, sino aprender a leer lo que ya está construido: sus fisuras, sus silencios, sus negaciones. Reconocer que la ciudad no es un proyecto terminado, sino un proceso en disputa, un espacio donde cada gesto arquitectónico —por mínimo que sea— tiene una resonancia política.

Y es precisamente ahí donde surge la pregunta inevitable: ¿qué hacer?
Este quizá sea el dilema central de la arquitectura contemporánea, la obsesión por hacer, por producir respuestas inmediatas antes de preguntarse por los supuestos que legitiman el acto mismo de proyectar. Pero esta aporía no debería entenderse como un obstáculo, sino como un espacio de posibilidad.
No podemos escapar de nuestra herencia moderna ni de la pulsión que nos empuja a actuar, pero sí podemos actuar de otro modo. No para imponer un nuevo orden, sino para abrir horizontes distintos. Michel de Certeau llamaría a esto una táctica: pensar y actuar desde los márgenes, imaginar formas de vida posibles aquí y ahora, aunque parezcan imposibles dentro del orden vigente. Porque soñar —como escribió Derrida— solo vale la pena cuando el sueño “se adelanta al presente”. Soñar no como evasión, sino como anticipación de lo que aún no existe. Pensar la ciudad y la arquitectura, entonces, no como una utopía lejana, sino como un acto político inmediato: un gesto que desafía la inercia del consenso y abre espacio para la vida.
Compartir artículo
Texto: Sebastián Gaytán Hernández
Fotos: Cortesía
Fecha de Publicación:
Lunes 06/10 2025
if( have_rows('efn-photos') ) { ?>
TAGS
NOTAS RELACIONADAS
- Guadalajara peregrina: Apuntes sobre la Semana del Arte de septiembre 2025
- Rozana Montiel | Estudio de Arquitectura: La arquitectura como lenguaje y herramienta social
- Desenterrando Futuros: “Archivo de Imaginación”, la plataforma de arquitectura que convierte a lxs estudiantes en expositores de sus propios procesos


