PENSAR LA ARQUITECTURA COMO ACTO ÉTICO, POLÍTICO Y POÉTICO
Mauricio Rocha concibe la arquitectura como una disciplina que comienza desde la investigación y del cuestionamiento personal. Más que un oficio de formas, la entiende como un ejercicio reflexivo capaz de construir atmósferas, recorridos y densidad espacial que impactan directamente en la vida y la dignidad de las personas.
Desde la Planta Bacardí, comparte con nosotrxs una serie de ideas que entrelazan oficio y ética, tiempo y comunidad, técnica y sensibilidad. Este texto revisa esos ejes para mostrar cómo, desde su práctica, la arquitectura puede convertirse en una herramienta de transformación social sin renunciar a la exigencia técnica ni al sentido poético.

Arquitectura como herramienta de investigación y reflexión
Mauricio Rocha entiende la arquitectura como una herramienta para investigar y reflexionar sobre cómo vivimos y cómo queremos habitar el mundo. Esta concepción sitúa a la disciplina en un territorio híbrido, entre la exploración personal, la reflexión estética y la intervención social.
Para Rocha, la arquitectura no reside en la forma, sino en el vacío, en el recorrido, en el espacio que construye atmósferas y despierta sentidos y emociones en quien la experimenta. Antes que diseñador, el arquitecto debe ser un lector crítico del sitio. De ahí la importancia de la lectura cultural como base de una práctica que requiere una postura ética y política.
La arquitectura, en su visión, es una respuesta, no surge de una idea súbita, sino de una acumulación de observaciones, información y reflexión sobre el programa, la preexistencia y la comunidad. En la práctica, esto implica pensar antes de construir, comprender la localidad y su contexto material y cultural para desarrollar estrategias que respondan a la vida.
Rocha propone una arquitectura donde el oficio técnico y la poesía coexisten. Una práctica rigurosa en su ejecución y, al mismo tiempo, capaz de producir experiencias sensibles y transformadoras. En ese equilibrio entre oficio, poesía y dimensión social se encuentra el núcleo de su pensamiento arquitectónico.

Sobre la atemporalidad de la arquitectura
Una insistencia recurrente en la entrevista es la relación de la arquitectura con el tiempo. Mauricio Rocha distingue con claridad entre las obras efímeras —subordinadas a las modas— y aquellas construcciones que “envejecen bien” con el paso de los años. La atemporalidad que él persigue no es un fetiche, sino una forma de coherencia con el contexto y con la experiencia de los habitantes, obras que invitan a caminar, descubrir variaciones lumínicas, comprobar su funcionamiento en distintas épocas y, sobre todo, envejecer con dignidad.
La dimensión temporal tiene, además, una consecuencia política: la obra pública perdura más allá de las administraciones. En ese sentido, xlx arquitectx puede —aun trabajando para gobiernos con posturas ideológicas contrarias— aportar bienes duraderos a la ciudad. El mandato moral que se desprende de esta idea es claro, construir pensando en lxs demás —presentes y futuros— y en cómo la arquitectura puede convertirse en patrimonio e institución material de memoria y uso común.
La experiencia del tránsito y el juego de luces que Rocha menciona son herramientas proyectuales, diseñadas de modo que el edificio dialogue con la duración del día, el paso de los años y la experiencia corporal. Esa sensibilidad temporal convierte a la obra en una pieza narrativa, donde cada minuto revela nuevas condiciones del espacio.

La arquitectura: resultado de una suma de complicidades
El trabajo de Mauricio Rocha con las comunidades no es instrumental ni puntual, sino una relación de complicidad. Relata cómo algunos proyectos —el Mercado de San Pablo Oztotepec y el Centro de Desarrollo Comunitario Los Chocolates— se sostienen gracias al tiempo dedicado, las conversaciones y la disponibilidad posterior a la entrega. La estrategia no es la consulta formal, sino el ejercicio del acompañamiento, vivir una temporada con la comunidad, dialogar hasta que la cámara (o la herramienta de trabajo) deje de ser intrusa y el vínculo se base en la confianza.
Ese vínculo opera en doble dirección: la comunidad aprende a confiar y a cuidar la obra; el arquitecto aprende a escuchar y a ajustar de acuerdo con las necesidades sociales. Mauricio evoca enseñanzas familiares —como la experiencia de su madre, la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, con comunidades indígenas— para explicar que la relación requiere presencia prolongada. Solo así la comunidad se convierte en cómplice y la obra en un bien colectivo defendido por quienes la habitan.
La participación se transforma, entonces, en coautoría: la obra es tanto un producto técnico como el resultado de una trama de relaciones humanas.
Pensar la arquitectura más allá de la vista y su condición formal
Rocha cuestiona la primacía de la vista en la arquitectura. El trabajo desarrollado junto a personas con discapacidad visual —como la Biblioteca para ciegos y débiles visuales de La Ciudadela— no es, en su relato, un caso excepcional, sino una lección proyectual, integrar olor, tacto, contraste y textura fortalece la experiencia corporal y trasciende la forma.
Evoca a Pallasmaa para recordar que la vista por sí sola “aplana la realidad” y que diseñar con todos los sentidos genera profundidad. Su metodología no es asistencialista, sino participativa: se basa en la escucha, el aprendizaje conjunto y los ajustes que reconocen la diversidad sensorial como principio. De esta manera, la accesibilidad se transforma en calidad espacial, creando entornos más claros, táctiles y habitables para todxs.

“Hacer mucho con poco”: síntesis y economía de medios como condición actual
“Hacer mucho con poco” aparece como principio operativo y ético. Mauricio Rocha explica que la síntesis, la elección de pocos materiales y la resolución geométrica rigurosa permiten resultados de alta intensidad espacial incluso con presupuestos modestos. La economía de medios no implica pobreza formal, sino precisión, estructuras bien resueltas, combinaciones materiales justas y programas que, al sintetizarse, ofrecen multiplicidad de usos.
El “lujo” del que habla no proviene de lo material ostentoso, sino de la excelencia espacial. Cómo se construye, cómo se organiza la estructura y cómo el espacio genera experiencias trascendentes. En contextos de desigualdad, esta política proyectual adquiere un valor democrático al posibilitar una arquitectura de calidad para públicos amplios, no solo para mercados rentables. También constituye una crítica implícita a la arquitectura de autor o de moda, que sacrifica el peso ético por la apariencia.
Crítica cultural: contra la “arquitectura chatarra” y los grupos de poder
Rocha no se limita a ofrecer soluciones técnicas; plantea una crítica a la mercantilización del oficio. Señala que una parte del gremio prioriza la plusvalía y lo inmediato, generando obras superficiales que alimentan la desconfianza pública hacia la arquitectura. Esa resistencia de las comunidades proviene de experiencias previas donde la obra pública fue instrumentalizada.
Su respuesta es pedagógica y estratégica: predicar con el ejemplo desde la universidad, construir redes interdisciplinares —con sociólogos, antropólogos, filósofos y artistas— y sostener posturas políticas. La transformación cultural que propone apunta a crear una masa crítica que rechace la “cultura chatarra” y recupere la arquitectura como acción estética con énfasis político. No se trata de un manifiesto abstracto, sino de una práctica que se traduce en obras coherentes y en un ejercicio formativo persistente.
Mauricio asume la tensión entre la utopía y lo posible. Reconoce una aspiración anarquista —una sociedad sin jerarquías de poder— como horizonte moral, aunque acepta que la práctica exige negociar. Trabajar con gobiernos de posturas diversas es, dice, un reto que requiere una actitud optimista, interpretar esas colaboraciones como oportunidades para introducir enfoques nuevos en diálogo con las necesidades del poder sin abandonar la postura ideológica.
Esa posición inaugura una ética de la responsabilidad: aceptar el contraste y aprovecharlo para producir bienes públicos que trasciendan la caducidad de cualquier administración. La apuesta es acumulativa: transformar a través de proyectos ejemplares y redes profesionales que sostengan una sensibilidad crítica.

Formación, lectura y la construcción de una masa crític
Para Rocha, formar la cotidianidad en torno a la cultura y la discusión permite a lxs arquitectxs tomar decisiones informadas y sostener una postura ética frente al mundo. Practicar la arquitectura exige constancia cultural y una conciencia de clase que alimente tanto el criterio profesional como el compromiso social.
Desde esa perspectiva, la formación cultural no es un complemento del oficio, sino su origen. Formar arquitectxs implica, primero, formar ciudadanos capaces de leer críticamente el territorio y actuar sobre él con responsabilidad.
Mauricio advierte que el privilegio desde el cual muchxs arquitectxs ejercen no debe negarse ni culpabilizarse, sino comprenderse y ponerse al servicio de lo común. Reconocer el lugar desde el que enunciamos —el acceso al conocimiento, los recursos y la visibilidad— obliga a asumir el privilegio como una herramienta de redistribución simbólica y material. Así, la enseñanza y la práctica arquitectónica pueden convertirse en plataformas que amplifiquen los derechos de una comunidad y fortalezcan su dignidad social.
if( have_rows('efn-photos') ) { ?>
TAGS
NOTAS RELACIONADAS
- Convocatoria Abierta · Edición 03 · Programa de Mentorías y Acompañamiento Profesional (PMAP)
- 10 años de El Palacio de Hierro Polanco: Ciudad, agua y arquitectura que respira en una instalación conmemorativa
- Desenterrando Futuros: “Archivo de Imaginación”, la plataforma de arquitectura que convierte a lxs estudiantes en expositores de sus propios procesos

