Asamblea comunitaria en Colonia “La manantial” en Oaxaca | Fotografía: TECHO México


MIENTRAS LEES ESTO, QUIZÁ PIENSAS EN TU PROPIA CASA: CUÁNTAS PERSONAS VIVEN AHÍ, CUÁNTO TARDAS EN LLEGAR AL TRABAJO O A LA ESCUELA, QUÉ TAN LEJOS ESTÁ EL CENTRO DE SALUD MÁS CERCANO. TAL VEZ NUNCA LO HABÍAS CONECTADO CON LA IDEA DE PRIVILEGIO, PERO EL ESPACIO TAMBIÉN FORMA PARTE DE ESO

Si lees esto, es muy probable que tu idea de vivienda tenga que ver con estabilidad, un espacio donde el piso no se inunda cuando llueve, donde duermes sin pensar si el techo va a resistir, donde hay una puerta que sí cierra. Desde ahí, el porvenir se imagina con más facilidad.

En muchos asentamientos populares de México, habitar empieza desde otro punto. Las casas existen, pero conviven con materiales vulnerables, servicios irregulares y cuartos compartidos por varias personas. La pregunta diaria no es cómo decorar el espacio, sino cómo hacer que alcance, que resista, que proteja.

En medio de esa realidad trabaja TECHO México. La organización entra a dialogar con quienes sostienen la vida en estos territorios. La vivienda se vuelve el pretexto para hablar de algo más amplio: cómo se teje la ciudad cuando parece que algunas zonas no cuentan en la planeación, pero sí en el esfuerzo cotidiano.

Radiografía urbana de la Comunidad Nueva Esperanza, Tijuana. | Fotografía: TECHO México

Vivienda como punto de apoyo

Según los datos más recientes de CONEVAL, millones de personas en México viven con carencias relacionadas con la vivienda y la calidad de los servicios. En los asentamientos, esa estadística se ve en pisos de tierra, filtraciones, conexiones improvisadas y espacios reducidos donde conviven varias camas, una mesa y, a veces, una cocina.

Los proyectos de TECHO se insertan ahí con las viviendas de emergencia progresiva, estructuras de madera que elevan el piso, generan un cierre más seguro y permiten organizar mejor pocos metros cuadrados. Se construyen en un fin de semana junto a las familias y juventudes voluntarias.

Su potencia aparece en gestos pequeños, como una cama que ya no se moja, un rincón donde guardar documentos, una ventana que ayuda a ventilar el espacio. En lugar de presentarse como solución total, funcionan como punto de apoyo que reordena la rutina y abre un margen distinto para seguir transformando el hogar con el tiempo.

Vivienda de emergencia tras el paso del Huracán Otis en Guerrero | Fotografía: Alejandro Cepeda.

Mesas de trabajo: La ciudad contada desde adentro

Antes de que exista una vivienda nueva, hay algo menos visible y más complejo, hablamos de las mesas de trabajo. Son espacios de conversación donde quienes viven ahí ponen en común lo que han vivido en ese territorio y lo que quieren cambiar.

En esas mesas se arma una radiografía de la ciudad desde adentro. La pobreza aparece como algo que atraviesa muchas dimensiones a la vez: la caminata para conseguir agua, la clínica que queda lejos, el transporte que no siempre llega, la falta de papeles para acreditar una dirección y la exposición a los efectos del cambio climático cuando llueve. La vivienda está dentro de esa trama, pero no agota la historia.

La organización facilita la metodología; las personas ponen el contenido. Se acuerda qué es urgente, qué se puede hacer con los recursos disponibles y dónde tiene sentido levantar una estructura nueva. Como ha señalado Tatiana Bilbao, la arquitectura es un acto colaborativo y social; en estos procesos, esa idea se vuelve práctica concreta.

Juventudes entre dos realidades

Una de las capas más visibles del trabajo de TECHO es la presencia de juventudes. Llegan desde distintos puntos de la ciudad, muchas veces desde contextos más privilegiados, con la intención de sumarse a una construcción. Lo que encuentran es algo más complejo, otra forma de entender el territorio.

Caminar laderas, escuchar cómo se levantó el asentamiento con trabajo colectivo, entender cómo se comparten los cuidados o cómo se resuelven conflictos se convierte en una lección de ciudad que no entra en los programas académicos.

Para quienes viven ahí, la llegada de estas juventudes abre un espacio para contar su historia en primera persona. Para quienes vienen de fuera, el voluntariado funciona como un espejo incómodo y necesario, pues muestra desde qué lugar miramos la ciudad, qué damos por hecho y qué significa, en la práctica, vivir sin esos supuestos.

Entre ambos grupos se construye una lectura compartida del espacio. La comunidad deja de ser un concepto abstracto y se vuelve un conjunto de nombres, rostros, trayectos, decisiones.

Construcción tras el paso del Huracán John en Guerrero | Fotografía: TECHO México

Autogestión: Conocimiento urbano que ya existe

En muchas de estas zonas, gran parte de lo que sostiene la vida se ha construido de forma colectiva, caminos, conexiones de agua, espacios de reunión, ampliaciones de vivienda. La autogestión aparece como respuesta directa a la ausencia o al retraso del Estado. No llena un vacío simbólico: sostiene, de manera muy concreta, la vida cotidiana.

El trabajo de TECHO suma a esa inteligencia acumulada. No llegan a inventar desde cero, sino a articularse con procesos que ya estaban en marcha: reconocer dónde la comunidad ha resuelto cosas por sí misma, dónde se necesita acompañamiento externo y qué tipo de estructura puede potenciar lo que ya existe.

Ver estos territorios solo como “lugares con carencia” borra esa capacidad organizativa. Mirarlos como reservorios de conocimiento urbano abre otra conversación. ¿Qué podemos aprender de estas formas de habitar para pensar la ciudad de forma más justa?

Vivienda de emergencia adecuada por un vecino en Querétaro | Fotografía: TECHO México

Pensar los privilegios desde el espacio que habitamos

Mientras lees esto, quizá piensas en tu propia casa: cuántas personas viven ahí, cuánto tardas en llegar al trabajo o a la escuela, qué tan lejos está el centro de salud más cercano. Tal vez nunca lo habías conectado con la idea de privilegio, pero el espacio también forma parte de eso.

Quienes habitan en los bordes urbanos cargan con un costo extra de tiempo, dinero y desgaste físico para sostener lo que en otras zonas se da por sentado. Al mismo tiempo, construyen soluciones que rara vez se reconocen como diseño, planeación o innovación urbana, aunque lo sean.

Acercarse al trabajo de TECHO, ya sea como voluntarix, aliadx o simplemente como alguien que quiere entender mejor esta realidad, no solo tiene que ver con “ayudar”. También implica preguntarse desde dónde miramos la ciudad, qué historias solemos escuchar y cuáles dejamos fuera cuando hablamos de vivienda y futuro.

Hortensia Pérez trabaja acarreando agua con burros, para venderla a sus vecinos en Santa Cruz Acalpixca, Xochimilco, en Ciudad de México. Fotografía: Carlos Ramírez

Una invitación abierta

Observar cómo se habita en los asentamientos populares no pretende generar culpa. Más bien abre una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué hacemos con la posición desde la que miramos todo esto?

Cada vivienda construida junto a la comunidad funciona como refugio, pero también como recordatorio de que la ciudad se sostiene en muchos lugares al mismo tiempo, no solo en las zonas que acostumbramos ver. También recuerda algo básico, todas las personas tenemos derecho a soñar y a habitar con dignidad.

Como dice Elle Woods en Legalmente Rubia 2: “No te das cuenta de cómo son las cosas cuando te suceden”. La próxima vez que pienses en tu casa, en tu colonia o en tu trayecto diario, vale la pena detenerte un momento y preguntarte: ¿qué lugar ocupas en esta ciudad desigual y qué podrías hacer, desde ahí, para involucrarte en lo que ya se está construyendo en los bordes?


Fecha de Publicación:
Jueves 08/01 2026