ONCE FOTOGRAFÍAS EN BLANCO Y NEGRO HABITARON DOS SALAS CÁLIDAS, ILUMINADAS SOLO POR VELAS LARGAS EN BOTELLAS DE VINO REUTILIZADAS
Hay lugares donde el tiempo parece detenerse. Dolores 54, una galería escondida entre los ecos del Barrio Chino de la Ciudad de México, se convirtió en un santuario para lo invisible: la memoria, la emoción, la herida. Ahí, la artista visual Andrea Ibarra (CDMX, 1996) presentó El ritual de no extinguirse, una exposición que no buscó curar, sino recordar. Un gesto de resistencia poética frente al olvido, donde cada imagen respiró como si tuviera alma.
Fotografía análoga como acto de honestidad
Andrea Ibarra no fotografía con los ojos, sino con la piel. Su trabajo en fotografía análoga nace del deseo de convertir las emociones en materia visible. No busca la perfección técnica, sino la honestidad del grano, la textura de la luz que se mueve, la vulnerabilidad de lo que tiembla.
En El ritual de no extinguirse, once fotografías en blanco y negro habitaron dos salas cálidas, iluminadas solo por velas largas en botellas de vino reutilizadas, transformadas en altares efímeros con amaranto y nube. Las sombras proyectadas sobre las paredes no son accidentes: son respiraciones, pequeños pulsos de vida que acompañan cada imagen.
Entre mujeres y memorias compartidas
Cada fotografía dialogó con textos escritos por la propia Andrea y por mujeres creadoras emergentes, en un ejercicio de sororidad y colaboración artística que convirtieron la exposición en una conversación íntima entre sensibilidades. “La fotografía es un espacio de sanación y resonancia”, dice Andrea. Y es cierto: en sus obras, la memoria no se archiva, se habita.
La imagen que respira: Un cortometraje en Súper 8
Como extensión del montaje, Andrea proyecta un cortometraje en Súper 8, filmado en blanco y negro, que prolonga el universo de las fotografías hacia el movimiento. La pieza, sin diálogos, combina agua, fuego, tela y respiración, invitando al visitante a entrar en un trance de luz y penumbra.
El parpadeo del proyector funcionó como un corazón que late. Las sombras de las velas se mezclaron con el grano del film, creando una textura compartida entre imagen fija e imagen viva. Todo se conecta: la fotografía se mueve, la música abraza, la llama titila.
Una ceremonia colectiva de resistencia
El ritual de no extinguirse fue una ofrenda entre mujeres jóvenes, artistas que se acompañan desde la vulnerabilidad, la emoción y la intuición. Es una experiencia que recuerda que existir también es un acto de resistencia, que la sensibilidad no es debilidad sino fuego que sostiene.
Andrea Ibarra transformó su práctica en una ceremonia afectiva donde arte, memoria y cuerpo se entrelazan.
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Texto: Redacción Coolhuntermx
Fotos: Cortesía
Fecha de Publicación:
Jueves 23/10 2025
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