RECORDANDO ÁREAS DE DESCANSO QUE UNA VEZ EXISTIERON EN LA CENTRAL, CONSTRUYERON UN COLUMPIO Y UNA BANCA COMO OASIS TEMPORAL. PERSONAS QUE SOLÍAN VENDER O COMPRAR EN PUESTOS CERCANOS SE SUBÍAN, SE DETENÍAN, CONVERSABAN, SE REÍAN. FUE UNA INTERVENCIÓN QUE RECUPERÓ UNA MEMORIA COLECTIVA CON LA SIMPLICIDAD DE UN LUGAR PARA SENTARSE

Nadie llega a la Central de Abastos de Oaxaca buscando arte contemporáneo, aunque después de esta nota esperamos que sí. En este lugar se acude buscando precio, urgencia, alimento. Se llega con listas en la mano y tiempo contado. Por eso, encontrarse con una galería en medio de ese flujo no produce solemnidad, seriedad, o ese aire elitista que suelen tener algunas galerías centralizadas. Por el contrario, produce curiosidad.

Al principio, Espacio Lalitho parecía una anomalía. Un cuarto blanco suspendido entre puestos donde todo tiene una función inmediata. Pero con el tiempo dejó de serlo. Se volvió parte del paisaje, como el puesto de jugos o la señora que vende semillas. No porque el mercado haya cambiado, sino porque el proyecto entendió que no necesitaba diferenciarse. Bastaba con pertenecer.

Cuando el arte deja de buscar permiso nace espacio Lalitho

El proyecto nació desde una condición concreta; no había dinero suficiente para rentar un espacio en el circuito artístico tradicional de Oaxaca. Esa limitación económica desplazó la iniciativa hacia la periferia física y simbólica de la ciudad, pero también la liberó de ciertas expectativas.

Ahí no era necesario responder a un público especializado ni sostener una narrativa institucional. Había que convivir.

El nombre mismo surge de un equívoco afectivo. Entre conversaciones universitarias sobre litografía, “la lito” dejó de ser una técnica para convertirse en personaje. Espacio Lalitho heredó esa ambigüedad; es taller, galería y punto de encuentro al mismo tiempo.

Habitar antes que intervenir

A diferencia de otros proyectos que llegan al espacio público con intención de transformarlo, Espacio Lalitho primero aprendió a habitar el mercado. La presencia previa de la familia de uno de sus integrantes, dedicada a la venta de chapulines, permitió una inserción orgánica. No eran recién llegados. Eran vecinos. Ese detalle cambió todo. Las inauguraciones no requerían protocolos complejos. Los locatarios cerraban el pasillo, compartían comida, observaban las piezas con la misma atención que dedican a cualquier objeto nuevo que aparece en su entorno.

El arte no se imponía. Se sumaba.

La conversación como forma

Uno de sus aprendizajes más significativos ha sido entender que la obra no termina en su forma material. Continúa en las conversaciones que provoca. En preguntas directas, sin filtros. “¿Y esto qué es?” “¿Para qué sirve?”

Lejos de interpretarlo como rechazo, el equipo reconoce ahí un tipo de diálogo que rara vez ocurre en espacios artísticos convencionales. La pregunta no busca confirmar conocimiento previo. Busca entender desde cero. Ese gesto desplaza el arte de la contemplación silenciosa hacia la interacción cotidiana.

La economía real del arte

El proyecto no sobrevive únicamente a partir de la venta de obra. Como muchos proyectos independientes en México, su sostenimiento es fragmentario. Becas, trabajos paralelos y una economía directa que ocurre en el mismo mercado. La venta de chapulines y mezcal forma parte de ese ecosistema. No como metáfora, sino como estructura real de soporte. El arte aquí no está separado de la economía informal ni de las redes familiares. Está incrustado en ellas.

Cada venta, por pequeña que parezca, sostiene la posibilidad de la siguiente exposición.

El mercado como detonante, no como escenario

Con el paso del tiempo, el mercado dejó de ser únicamente el contexto del proyecto para convertirse en su principal fuente de pensamiento. Las piezas comenzaron a nacer de dinámicas observadas diariamente, como los manteles de las fondas, los objetos funcionales, la lógica visual de los puestos.

Lo que en otros contextos sería considerado ordinario, aquí se convierte en detonante. Espacio Lalitho no intenta traducir el mercado al lenguaje del arte. Permite que el arte adopte el lenguaje del mercado.

Ejemplos concretos de lo que ha realizado Espacio Lalito

Sus acciones surgen del intercambio directo con el mercado, su gente y sus objetos. Aquí algunos ejemplos representativos de lo que han hecho, donde lo cotidiano se articula con la práctica artística sin barreras.

1. Talleres sin etiqueta
En lugar de imponer definiciones, organizaron talleres donde artesanas del bordado, piñateras y personas del mercado trabajaron sin saber que estaban construyendo “arte contemporáneo” hasta el final. Solo después de bordar, cortar y pegar, se reveló que sus piezas podían leerse como escultura, performance o instalación.

2. Manteles de mercado reinterpretados
Inspirados por las mesas comunitarias de fondas, desarrollaron manteles pintados colectivamente con motivos bordados exagerados, colores saturados y referencias directas al paisaje del mercado. Estas piezas resignifican el bodegón tradicional desde la experiencia del día a día, comida, conversación y rumor.

3. Área Verde efímera
Recordando áreas de descanso que una vez existieron en la Central, construyeron un columpio y una banca como oasis temporal. Personas que solían vender o comprar en puestos cercanos se subían, se detenían, conversaban, se reían. Fue una intervención que recuperó una memoria colectiva con la simplicidad de un lugar para sentarse.

4. Videoarte en el pasillo
Durante la pandemia y tras el cierre temporal del mercado, sacaron las piezas al pasillo, compraron televisores y colocaron videoarte en espacios públicos entre puestos de películas pirata y comedores. Incluso combinaban la proyección con partidos de fútbol, creando experiencias mixtas donde el público podía transitar de una narración visual al deporte sin puertas ni formalidades.

5. Convocatoria “Comprar aquí para montar aquí”
Invitaron a artistas externos a producir obras usando exclusivamente servicios o productos del mercado. Por ejemplo, un anafre se convirtió en materia prima para una pieza con la guía de Cristian Chavira; un batidor de huevos fue recontextualizado como objeto de estudio; y materiales cotidianos fueron reinterpretados desde otras lógicas estéticas. Esta iniciativa subraya que el mercado no solo es escenario, sino fuente de producción.

6. Sembrar milpa como gesto político-estético
En diálogo con acontecimientos políticos del mercado y la ciudad, colaboraron con artistas para sembrar milpa en un terreno cercano. La intervención tocó temas de territorio, urbanismo y memoria, revelando tensiones que van más allá de lo visual y exponen el carácter vivo de las periferias urbanas.

7. Juegos de barro y objetos del imaginario colectivo
Crearon piezas de barro inspiradas en juguetes populares —balones, figuras, personajes— como forma de explorar la nostalgia, lo lúdico y el imaginario compartido. Cuando estas piezas se limitan en número, cambian la forma en que son percebidas, cuestionando nuestras jerarquías entre lo “común” y lo “artístico”.

Permanecer como forma de resistencia

Cinco años después de su apertura, Espacio Lalito sigue operando desde el mismo principio que lo originó, permanecer. No crecer hacia la institucionalización, no desplazarse hacia zonas más cómodas, no abandonar el contexto que lo define.

En un entorno donde el arte suele desplazarse hacia donde hay mayor visibilidad o prestigio, este proyecto insiste en quedarse donde la visibilidad es incierta, pero la experiencia es real. Porque aquí, entre el ruido constante y el movimiento incesante, el arte no necesita anunciarse. Solo necesita estar.


Fecha de Publicación:
Lunes 16/02 2026