QUIZÁ NO SEA UNA CATEGORÍA CERRADA, PUEDE ESTAR MÁS EN EL TERRITORIO DE UNA CONVERSACIÓN. UNA OBRA SE VUELVE MEXICANA NO NECESARIAMENTE PORQUE REPRESENTE A MÉXICO, SINO PORQUE ESTABLECE ALGÚN TIPO DE RELACIÓN SIGNIFICATIVA CON UNA HISTORIA CULTURAL, UNA COMUNIDAD, UNA LENGUA, UN TERRITORIO, UNA MEMORIA O UNA MIRADA CONSTRUIDA DESDE AQUÍ.
Muchas cosas parecen tener respuesta automática hasta que una obra de arte decide complicarlas. “¿Qué es el arte mexicano?” podría parecer una de ellas. Pensamos en los murales, en Frida Kahlo, en el Día de Muertos, en el barro negro, en los corridos, en el cine de oro, en las máscaras, en el papel picado. Pensamos, incluso, en una serie de símbolos que hemos aprendido a reconocer casi como si fueran un pasaporte visual.
Pero basta mover una pieza para que la definición empiece a tambalearse. ¿Qué pasa con una obra creada por alguien que no nació en México, pero que terminó hablando desde, sobre o hacia México? ¿Qué pasa con un artista mexicano que decide no representar México en absoluto? ¿Una novela deja de ser mexicana porque sus personajes nunca pisan el país? ¿Una película se vuelve mexicana porque fue filmada aquí? ¿Un cuadro pintado en París deja de pertenecer a la historia del arte mexicano porque el estudio del artista estaba al otro lado del Atlántico?
¿Una identidad artística funciona como una dirección postal?
Macario, el caso de un México escrito por un extranjero
Tomemos a B. Traven. La identidad del escritor sigue rodeada de incertidumbre. Su nacionalidad, nombre y biografía fueron durante décadas parte de un laberinto deliberado. Lo que sí sabemos es que vivió durante años en México y que buena parte de su obra estuvo vinculada con el país.
En 1950 publicó Macario, originalmente escrita en alemán y editada en Berlín. La historia de un leñador que desea comerse un guajolote entero y que termina encontrándose con Dios, el Diablo y la Muerte no nació como una obra cinematográfica mexicana, se gestó como la literatura de Traven.
Y, sin embargo, Macario terminó convirtiéndose en una de las imágenes más poderosas del imaginario cinematográfico mexicano alrededor de la muerte.
La película dirigida por Roberto Gavaldón, con fotografía de Gabriel Figueroa y protagonizada por Ignacio López Tarso, tomó aquel relato y lo convirtió en otra cosa. Una obra cinematográfica producida desde México, hablada desde sus códigos culturales y visuales, asociada con la manera en que el país representa la muerte. Fue además la primera película mexicana nominada al Oscar a Mejor Película Extranjera.
Entonces ¿Macario es mexicana aunque Traven la escribió? No exactamente. ¿Porque la historia sucede en México? Tampoco sería suficiente. ¿Porque Gavaldón la convirtió en cine mexicano? Aquí nos acercamos. Pero todavía falta algo.
Macario no sólo fue producida en México. Fue reinterpretada desde México. El texto de Traven ya mezclaba materiales europeos, cuentos de los Grimm y elementos de la tradición popular mexicana; la película volvió a transformar ese material mediante actores, fotografía, paisaje, religión, pobreza, muerte y una sensibilidad cinematográfica situada en un momento muy específico de la cultura nacional.
La mexicanidad de Macario, entonces, quizá no está en su origen. Está en lo que México hizo con ella. Y eso cambia bastante la conversación.
El barco que nunca llegó a México
Ahora hagamos exactamente lo contrario. José Luis Zárate es mexicano. Nació en Puebla y forma parte de una tradición de literatura fantástica mexicana que, además, se alejó del nacionalismo literario más rígido para explorar territorios fantásticos y cosmopolitas.
En 1998 publicó La ruta del hielo y la sal. Y México prácticamente desaparece del mapa.
La novela ocurre a bordo del Demeter, el barco que en Drácula de Bram Stoker llega a Whitby (Inglaterra) sin tripulación. Zárate toma ese episodio y hace algo cercano al fanfic antes de que utilizáramos la palabra fanfic con la naturalidad actual. Entra en un hueco de la novela original y decide contar qué ocurrió allí.
El barco parte de Varna, en Bulgaria, rumbo a Inglaterra. La tripulación comienza a desaparecer. Hay una presencia que no puede nombrarse. El capitán intenta mantener el control mientras el viaje se transforma en una pesadilla. No hay chinampas. No hay Día de Muertos. No hay mariachi. No hay desierto mexicano. Y, sin embargo, La ruta del hielo y la sal forma parte de la literatura mexicana.
Entonces la pregunta se vuelve todavía más interesante. ¿Una novela deja de ser literatura mexicana porque su imaginación decidió viajar lejos?
Si respondiéramos que sí, tendríamos que empezar a expulsar de nuestras categorías nacionales una cantidad enorme de obras hechas por artistas mexicanxs que decidieron trabajar con otros territorios, otras mitologías, otros idiomas, otros imaginarios y otras historias.
Zárate no necesitó colocar una bandera mexicana en el mástil del Demeter. Su mexicanidad no está en el escenario. Está en la mirada. Y quizá ahí comienza a romperse la idea más cómoda de lo mexicano.
Entonces, ¿Basta con haber nacido en México?
Tampoco. Si fuera suficiente, cualquier obra creada por una persona mexicana sería automáticamente arte mexicano, aunque no tuviera ninguna relación significativa con su contexto, su historia, su circulación o sus conversaciones culturales.
Eso convertiría la nacionalidad en una especie de sello aduanal. Y el arte no funciona así.
Una persona mexicana puede hacer una película sobre Marte. Puede escribir sobre la Inglaterra victoriana. Puede pintar un paisaje de Islandia. Puede componer una pieza inspirada en música electrónica japonesa. Puede diseñar un edificio que dialogue con el brutalismo soviético.
¿En qué momento deja de ser mexicano? La respuesta no puede depender exclusivamente del tema. Porque entonces estaríamos confundiendo el territorio representado con el territorio desde el que se crea.
Lo mismo pasa con la pintura
Pensemos en Frida Kahlo. Su obra suele aparecer como uno de los ejemplos definitivos del arte mexicano. Pero ¿qué la hace mexicana? ¿Los vestidos? ¿Los autorretratos? ¿Los monos? ¿La iconografía prehispánica? ¿Su relación con Diego Rivera?
Si quitáramos de un cuadro el rebozo, el nopal o el vestido tehuano, ¿dejaría automáticamente de ser mexicano? Sería absurdo. Porque estaríamos diciendo que la mexicanidad de una obra depende de que conserve suficientes objetos reconocibles para que podamos identificarla desde lejos. Como si el arte tuviera que venir con estampitas.
¿Y qué pasa con la música?
¿Qué pasa con un músico mexicano que hace electrónica? ¿Con una productora que construye una pieza de ambient? ¿Con alguien que mezcla techno, house, hip hop o noise sin utilizar ningún instrumento considerado tradicionalmente mexicano?
¿Deja de ser música mexicana porque no hay una trompeta de mariachi en el fondo? Probablemente no. Pero tampoco sería suficiente decir “es mexicana porque quien la hizo nació aquí”.
La discusión podría estar en otro lugar, en las referencias que la obra absorbe, las experiencias desde las que se construye, las escenas que la producen, las comunidades que la reciben, los circuitos en los que circula y las conversaciones culturales a las que termina perteneciendo.
Una obra puede ser mexicana aunque no parezca mexicana. Y una obra puede utilizar todos los símbolos de México y, aun así, estar reproduciendo una idea de México fabricada desde afuera. ¿Quién tiene derecho a decidir qué parece mexicano?
El terreno del cine
Una película puede ser financiada por México, dirigida por una persona extranjera, filmada en Marruecos, protagonizada por actores de distintos países y contar una historia situada en el siglo XVII.
¿Es mexicana? Probablemente habrá más de una respuesta correcta. Estamos intentando que una sola categoría resuelva demasiadas cosas.
“Arte mexicano” puede hablar de nacionalidad. También de producción, contexto histórico, territorio, lengua, pertenencia y más. Aun así, no todo tiene que aparecer al mismo tiempo.
Los símbolos de la mexicanidad
También convendría preguntarnos por qué cuando decimos “arte mexicano” solemos imaginar inmediatamente ciertas cosas como textiles coloridos, la muerte, revolución. Para no hacerlo tan largo, el México que puede reconocerse rápidamente.
Pero México también está en un edificio de concreto, en una novela de ciencia ficción, en bandas como Radaid, cuyos integrantes son de Guadalajara y se esparcieron por el mundo para crear un sonido integral.
El problema aparece cuando convertimos la identidad cultural en un catálogo. Porque entonces dejamos de preguntarnos qué hace una obra y comenzamos a preguntarnos qué objetos contiene. Y no es lo mismo.
Quizá lo mexicano no sea un tema, sino una tensión
Tal vez una manera más fértil de pensar el arte mexicano sea dejar de buscar una lista de requisitos.
No preguntarnos: “¿Aparece México?” Sino: “¿Qué relación tiene esta obra con México?” Dicho eje puede ser directo o remoto. Como Cruz Contreras quien se inspiró en la trenza de su abuela para animar a los personajes de K-Pop Demon Hunters.
La relación puede ser amorosa, crítica, contradictoria, accidental, política, histórica o incluso inexistente en su argumento pero evidente en su forma de producirse y circular.
Y a todo esto ¿Qué es el arte mexiano?
Quizá no sea una categoría cerrada, puede estar más en el territorio de una conversación. Una obra se vuelve mexicana no necesariamente porque represente a México, sino porque establece algún tipo de relación significativa con una historia cultural, una comunidad, una lengua, un territorio, una memoria o una mirada construida desde aquí.
Eso permite que Traven pueda entrar en la conversación. Que Zárate pueda salir de ella y volver desde un barco fantasma. Y que, al mismo tiempo, una obra hecha por una persona mexicana pueda no tener absolutamente nada que decir sobre México.
Pueder ser que el arte mexicano no sea el que responde “soy mexicanx”. Sino que sea el que nos obliga a preguntar qué significa serlo.
Y esa pregunta, a diferencia de una bandera, no necesita quedarse quieta.
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Texto: María Fernanda Carmona
Fotos: Cortesía
Fecha de Publicación:
Jueves 17/09 2026
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