¿ACASO LA HISTORIA Y LA HOMBRÍA SOLO SE CONSTRUYEN DE UNA MANERA?, ¿NO SE PUEDEN AMANERAR?, ¿ACASO NO ERA NECESARIO TAMBIÉN DEJAR EVIDENCIA EN LOS MUROS DE QUE LA VIRILIDAD ES POSIBLE HABITARLA DESDE LA SUAVIDAD Y LA DELICADEZA, EL CUIDADO Y EL AMOR ENTRE VARONES, ENTRE PADRES E HIJOS, ENTRE HERMANOS O AMIGOS?

Querido Roberto Montenegro:

Te escribo como solo otra loca le podría rendir homenaje a otra maricona. Te escribo una carta de amor revolucionario, anhelando un futuro distinto en el que nuestras genealogías diversas no estuvieran marcadas por la misma herida: el olvido y la homofobia cultural que han castigado a tantas mariposas para que no se atrevan a volar. Tal vez me atrevo a escribirte con la misma sensibilidad y deseo con los que esculpías esos cuerpos morenos en tus lienzos; ese espejo que trazaste en mi piel morena es el reflejo que me anima, en parte, a escribirte el día de hoy.

El legado homoerótico de Roberto Montenegro en el arte mexicano

Te escribo desde un presente donde tu legado ha dejado de ser un secreto a voces. Los códigos visuales y las declaraciones homoeróticas que sutil e intencionalmente plasmaste en tus lienzos se volvieron un lenguaje y un manifiesto para sostenernos en el tiempo, y para animar a que otras mariconas se atrevieran a pintar imágenes visiblemente amaneradas, imágenes travestis, imágenes que desafían el régimen escópico de la mirada heterosexual en la historia del arte mexicano.

Hoy, tu obra y tu vida se celebran sin las censuras y recelos con los que la historia oficial del arte quiso eclipsar tu figura. Lograste burlar los discursos hegemónicos del México posrevolucionario. En una época hostil, dejaste pistas de tu disidencia. A pesar de tu enorme talento y aportaciones, fuiste relegado de la historia oficial del muralismo por la homofobia dominante de principios del siglo XX.

Saber que hoy se le da una nueva lectura a tu legado hace que las cicatrices en nuestras espaldas —de tantas risas burlonas y asco a nuestro arte— por fin empiecen a encontrar un alivio, o tal vez un refugio, para quienes hemos tenido que buscar nuestros propios referentes siempre relegados a los márgenes.

Roberto Montenegro y el derecho a la memoria LGBT+

Te escribo una carta de amor revolucionario por nuestro derecho a la memoria LGBT+. Es desolador ver cómo a las instituciones culturales les ha costado tanto nombrar las cosas por su nombre: el miedo a enunciar abiertamente que eras homosexual, que eras un artista gay. Una narrativa que la academia persiste en esconder bajo la alfombra, excusando que aquello que hacía florecer tu espíritu «no era relevante», quitándote el corazón que seguramente les perteneció a varios hombres. Los espacios culturales prefieren hablar de tu «afán decorativo», de tu «sensibilidad esteticista» o de tu «teatralidad estilística», recurriendo a artilugios conceptuales para neutralizar el deseo y evitar la incomodidad de la disidencia.

Es imposible no pensar en la violencia que viviste. La homofobia rampante de tu época, personificada en los ataques de Diego Rivera hacia los creadores que consideraba «afeminados» o fuera de su canon
macho-nacionalista: un «arte puro; de puros maricones», como él y otros tantos artistas se referían a quienes no se amoldaban a pintar una revolución de puños cerrados y virilidad monumental por considerar que corrompían su moral revolucionaria.

Pienso también en el estigma decimonónico que nos sigue persiguiendo desde los grabados de Posada sobre «el baile de los 41», que fijaron la burla social sobre nuestros cuerpos; pienso en la melancolía nocturna del grupo de Los Contemporáneos, poetizando «el desvelo» para no nombrar el clóset y la represión; en los comentarios hacia el travestismo de Frida Kahlo desdibujando las fronteras del género con su propio cuerpo, sin olvidar la nostalgia y el dolor de Rodríguez Lozano.

Disidencia sexual y artistas homosexuales en la historia del arte mexicano

Escribo esta carta para romper el silencio histórico de los artistas homosexuales y las disidencias que siempre hemos habitado en los espacios artísticos y culturales, construyendo una historia diversa del México moderno y contemporáneo.

Yo me pregunto: ¿acaso la historia y la hombría solo se construyen de una manera?, ¿No se pueden amanerar?, ¿Acaso no era necesario también dejar evidencia en los muros de que la virilidad es posible habitarla desde la suavidad y la delicadeza, el cuidado y el amor entre varones, entre padres e hijos, entre hermanos o amigos? Cuánto machismo se hubiera diluido si la historia se hubiera contado de otra forma, si su hombría nacional no le hubiera temido a la ternura.

Viviste siempre bajo la sospecha de una institución cultural profundamente homofóbica. Una burocracia estatal que, mientras usaba tu talento, te condenaba al clóset e institucionalizaba el linchamiento moral de «los maricones» en la prensa y la academia, marginando la sensibilidad disiciente por considerarla una «desviación» burguesa que atentaba contra el nuevo hombre nacionalista.

Te marginaron del poder porque no soportaban que una loca dictara el rumbo del arte nacional, y aunque le siga pesando a la historia oficial, el primer trazo en un muro del movimiento muralista mexicano lo pintó un maricón.

¿Por qué si la disidencia sexual ha sostenido y embellecido los cimientos de la cultura nacional, el Estado sigue regateándonos la autoría de nuestra propia historia? ¿A qué le teme la memoria institucional que prefiere mantenernos como anécdotas exóticas antes que reconocernos como sujetos políticos del arte?

Roberto Montenegro, muralismo mexicano y disidencia

Sin embargo, Roberto, pintar desde la disidencia ha sido un camino complicado. A veces me permito fantasear y no puedo evitar desear que nuestras historias se hubieran cruzado; si yo hubiera vivido en tu época o tú en la mía, tal vez todo habría sido diferente para ambos.

Si hubiésemos tenido tus enseñanzas sin censura, con las herramientas de hoy sobre disidencia sexual y perspectiva de género, donde la diversidad hubiera sido el punto de partida y no la excepción, las pedagogías en el arte serían radicalmente distintas.

Los libros y las bibliotecas se hubieran llenado de prácticas artísticas como la tuya, delicadas pero desafiantes. Tal vez, siguiendo con esta ensoñación, en lugar de haber obtenido silencios incómodos o miradas lascivas de mis profesores de arte, quizá en ti habría encontrado un mentor, una figura paterna; una imposibilidad fracturada por la homofobia y el machismo estructural de mi tiempo y del tuyo.

Otra cosa que después entendí que compartimos a través de nuestras historias tan distantes pero ligadas por el mismo estigma: ese «destierro», como lo nombras en tus memorias Planos en el tiempo. Esa misma violencia que nos arrebató los vínculos afectivos es la que también nos ha borrado de los museos.

Hoy entiendo la urgencia política de rescatar tu figura; la historiografía oficial del arte ha operado como un mecanismo de borrado sistemático y enclosetamiento cultural y artístico de figuras como la tuya, y ya es momento de recuperar nuestras voces, nuestra herencia artística y disidente, reescribiendo la historia del arte sin prejuicios ideológicos, raciales, de género o lgbtfóbicos.

Roberto Montenegro y las contradicciones del arte posrevolucionario

Sé bien que navegaste en un nido de contradicciones absolutas. Permíteme ser honesto, querido Roberto, debo ser crítico con el suelo que pisaste. Me estremece tu contradicción: bajo las órdenes de José Vasconcelos, formaste parte de una narrativa compleja. Fuiste el brazo visual de ese idealismo que pretendía asimilar a las naciones indígenas en un proyecto mestizo, a veces despolitizando su figura y su poder de agencia, convirtiendo su imagen y su lucha en un símbolo estético dentro del discurso oficial.

Tu mirada disidente no se escapó de caer en la trampa del colonialismo, y no te culpo: la mayoría de nosotras fuimos educadas para no mirar atrás, para disolver ese proceso de «desindigenización» y no hablar la lengua de nuestros ancestros, olvidando así la riqueza de nuestra historia milenaria de lo que hoy llamamos México.

Roberto Montenegro, Árbol de la vida y el arte popular mexicano

Miro tu historia y aplaudo tu convicción y necedad. Para mí, tu legado disidente más grande no solo fue que, a pesar de la censura al San Sebastián de tu Árbol de la vida, seguiste pintando esa obviedad en tus representaciones masculinas con una virilidad vulnerable, frágil, sensual y erótica.

Pudiste observar más a fondo e impulsar el primer Festival de Arte Popular en 1921, apreciando, rescatando y admirando los vestigios y piezas prehispánicas que aún se conservan del México antiguo, las cuales retrataste en algunos de tus autorretratos. Tratar de desdibujar ese prejuicio racial entre arte y artesanía sigue siendo una disputa de mi tiempo; por ello comprendo el peso de tu legado.

Compartimos ese mismo impulso que muchas hermanas, hermanos y hermanes han olvidado, porque «lo jota no te quita lo racista».

Tlaltecuhtli, Saturnino Herrán y las figuras de género en la obra de Montenegro

No es casual que tú y Saturnino Herrán representaran en sus obras a Tlaltecuhtli —señor/señora de la tierra—, interesados por una polaridad que rompe el binario de género desde tiempos milenarios; cualidades andróginas que otorgaste a algunos de tus personajes y obras más famosas, como Alegoría del viento.

Con esa dualidad imperante en tus obras, te convertiste para nosotras en una de las «divas» que retratabas con tanta fuerza y admiración. Feminidades que tampoco se amoldaban a los roles de género impuestos a principios del siglo XX: personalidades como Pita Amor, Frida Kahlo, Dolores Olmedo, Gabriela Mistral, Sor Juana Inés de la Cruz, mujeres mayas y afrocosteñas.

Arte LGBT+ en México: Una trinchera que continúa

Debo confesarte que no he sido totalmente honesto contigo. Me duele reconocer que incluso hoy, en pleno siglo XXI, la vida en el arte de las disidencias sexuales es una trinchera agotadora. Reclamar espacios que también nos pertenecen y pronunciarse a favor de los derechos culturales y artísticos
de las personas LGBT+ es un puñal de doble filo;
se han abierto y cerrado puertas en una paradoja perversa: el mercado y las instituciones nos atrapan para encasillarnos de inmediato en el gueto de «lo gay», casi siempre amoldados a una cartelera cultural en el mes del Pride.

Roberto: resistir para que no nos borren por maricas, pero también pelear para que la misma institución que antes nos censuraba no reduzca nuestra complejidad pictórica a una cuota de diversidad bien portada, se ha vuelto algo extenuante.

VIH, memoria y generaciones de artistas queer en México

Sé que pintar, para nosotrxs, es un acto de supervivencia, una crónica de la herida viva y una barricada contra la homofobia estructural en la historia del arte mexicano. Al recordarte, es inevitable no pensar también en las generaciones que nos precedieron y en el impacto devastador que tuvieron la crisis del VIH y las luchas por la defensa de los derechos LGBT+ en México.

En aquellos años más complicados, muchos artistas y creadores queer se enfrentaron al estigma, a la censura y al diagnóstico. ¿Te imaginas si la pandemia del VIH te hubiera alcanzado? Ahora estaríamos hablando de tus trazos temblorosos por el AZT; quizá esos cuerpos musculosos los habrías pintado con sarcoma, o tal vez el estigma sidático también alcanzaría a tu cuerpo como alcanzó al mío.

Me atreví a escribirte sabiendo que esta carta nunca llegará a tus manos, pero ojalá algún día pueda leértela en un sueño y así abrazarte a través de la distancia del tiempo.

Un beso por cada lágrima.

Con cariño,

Mar Coyol


Fecha de Publicación:
Lunes 14/09 2026