Charco Restaurante: Cocina de autor con vista al Templo Mayor en CDMX
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UN BISTRÓ URBANO EN EL CENTRO HISTÓRICO DONDE LA COCINA DE RICARDO VERDEJO ROMPE PROTOCOLOS, MEZCLA INGREDIENTES DE RANCHOS Y MERCADOS CON TÉCNICAS GLOBALES Y OFRECE UNA EXPERIENCIA LIBRE
Charco no es un fine dining tradicional. Aquí, la premisa es clara: la comida se comparte y se disfruta sin manuales ni rigideces. Nada de mesas excluyentes ni precios inalcanzables; en su lugar, ingredientes de ranchos, mercados y comunidades pesqueras transformados en small plates creativos al estilo tapeo.
La idea es cocina de autor con el mantel manchado, el corazón despeinado y el alma colectiva. Una reversión del fine dining que busca democratizar el sabor sin perder sofisticación técnica.
Ricardo Verdejo: Un trotamundos de la cocina
De origen chileno y corazón mexicano, Ricardo Verdejo ha recorrido las cocinas más exigentes del mundo. Su trayectoria inició en el reconocido Boragó en Chile y lo llevó a restaurantes como Cosme en Nueva York bajo la dirección de Enrique Olvera, o al icónico Clown Bar en París.
En México, junto a la chef Mariana Villegas, creó proyectos como Flavo, un pop-up que democratizó la bistronomía en plena pandemia. Hoy, en Charco, Verdejo consolida una propuesta que combina creatividad, técnica internacional y compromiso con la sostenibilidad.
El Charco Collective: Cocina con alma
Más que un restaurante, Charco se asume como un colectivo gastronómico. Agricultores, pescadores, rancherías y mercados se unen para proveer insumos frescos y conscientes. El resultado es una cocina cambiante que mezcla técnicas globales con ingredientes locales, creando sabores explosivos y provocadores.
En sus platos caben reminiscencias de Brooklyn, París, Vietnam o Ensenada, pero siempre con la CDMX como punto de partida.
La experiencia: un viaje de texturas y sabores
Visitar Charco es sumergirse en un recorrido sensorial donde cada plato se convierte en relato. El inicio llega con unas cebollitas de témpura ligeras y crujientes, teñidas con tinta de calamar y acompañadas de queso cottage, algas y un delicado polvo de col morada. De inmediato, el paladar reconoce que aquí nada es obvio y que cada bocado exige atención. La ensalada de radicchio confirma esa intención: el amargor elegante de la hoja, el crujiente de las coles de Bruselas tatemadas y el poro frito se equilibran gracias a un jus reducido que se enlaza con lajas de parmesano, logrando un diálogo de texturas y temperaturas.
La sorpresa crece con los brocolinis blanqueados que se presentan como un manifiesto de la cocina de Charco. Tres emulsiones —cebollín, camarón seco con chile y tinta de calamar— construyen un juego de contrastes que se potencia con yema curada, chalotas fritas y un toque de trufa negra. Luego, el magret de pato se convierte en el plato central de la experiencia: carne cocida al punto exacto, suave y jugosa, bañada en una salsa de caramelo con ajo, jengibre y salsa de pescado, acompañada por un puré aterciopelado y chips de chirivía que le añaden una textura inesperada.
El recorrido termina con un regreso a lo clásico: un flan de vainilla y caramelo, sencillo pero impecable, que funciona como un cierre íntimo tras una travesía de sabores intensos. La experiencia se acompaña con una coctelería a la altura, donde el Banana Vintage refresca y limpia el paladar, mientras el Tokio Cobbler ofrece una nota fresca y ligeramente dulce que equilibra la potencia de los platos.
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Charco busca ser más que un espacio gastronómico: es un homenaje vivo a la Ciudad de México y a su herencia milenaria. Desde la terraza, con la vista al Templo Mayor, el pasado dialoga con la cocina contemporánea en un ambiente que invita a quedarse y celebrar el acto de comer.