EN QUÉ MEDIDA SE CONSTRUYE Y DISEÑA PENSANDO EN HABITANTES LOCALES? ¿PARA QUIÉN ESTAMOS DISEÑANDO PROYECTOS DE INFRAESTRUCTURA PÚBLICA ACTUALMENTE? ¿QUÉ MECANISMOS DE RETROALIMENTACIÓN CIUDADANA DEBERÍAN PROMOVER Y DETONAR AJUSTES EN EL DISEÑO UNA VEZ QUE LA INFRAESTRUCTURA ENTRA EN OPERACIÓN?
El desarrollo de infraestructura pública en la Ciudad de México atraviesa un momento clave. Más que hablar de obras aisladas, se trata de cuestionar cómo habitamos el espacio y, sobre todo, a quiénes involucramos y escuchamos durante todo el proceso de planeación y ejecución.
Cuando mencionamos la Ciclovía Gran Tenochtitlán sobre Calzada de Tlalpan, no estamos hablando únicamente de un carril confinado para ciclistas. Nos referimos a un dispositivo urbano que modifica dinámicas cotidianas, redistribuye prioridades en la vía pública y redefine la manera en que distintas personas —peatones, ciclistas, comerciantes y automovilistas— se relacionan con el territorio.
La infraestructura no es neutra. Cada intervención reorganiza tiempos, recorridos y formas de convivencia. Pensar esta ciclovía implica entenderla como una pieza que incide directamente en la vida diaria y en la manera en que concebimos movilidad, seguridad y acceso en la ciudad.
Este artículo nace de una conversación entre Bruno Arancibia, líder en movilidad de WW+P, y Coolhuntermx. Más que una entrevista, fue una reflexión compartida sobre la infraestructura pública entendida como espacio relacional, como algo que no solo organiza flujos, sino que articula vínculos.
En ese diálogo, la Ciclovía Gran Tenochtitlán se convirtió en un caso de estudio concreto, pero también en un punto de partida para abrir preguntas más amplias. ¿Cómo se diseña infraestructura en México hoy? ¿Quién participa en su definición? ¿Qué impactos sociales, económicos y simbólicos activa?
La ciclovía deja de ser únicamente una obra para convertirse en detonador de una conversación necesaria sobre ciudad, movilidad y corresponsabilidad.
Diseñar infraestructura pública: Un acto de escucha y resiliencia a lo largo del tiempo
En la conversación entre Coolhuntermx y Bruno Arancibia apareció una coincidencia clara, aunque reiterada en el discurso urbano. Todo proyecto de infraestructura pública debería incluir una etapa de diseño participativo que permita a la ciudadanía expresar deseos, necesidades e inquietudes antes de que el trazo se vuelva concreto.
La práctica, sin embargo, suele operar bajo otra lógica. Los procesos de diseño y construcción se aceleran, muchas veces condicionados por calendarios políticos y por la urgencia de entregar resultados dentro de cada sexenio. Una vez inauguradas las obras, la vigilancia y el mantenimiento tienden a diluirse. Existe un marco normativo, pero rara vez se aplica con consistencia.
La supervisión resulta limitada, el mantenimiento irregular y las responsabilidades institucionales se fragmentan. En una ciudad con la escala y complejidad de la Ciudad de México, los mecanismos de control actuales suelen verse rebasados, dejando a la infraestructura en una zona ambigua entre la intención original y su uso cotidiano real.
Desde esa reflexión surgen preguntas inevitables. ¿Cómo evitar que los proyectos de infraestructura pública terminen en abandono por falta de mantenimiento? ¿Es posible garantizar su cuidado continuo en una ciudad con la escala y complejidad de la Ciudad de México?
Durante nuestra conversación con Bruno Arancibia apareció una propuesta concreta. La creación de dependencias o agencias públicas especializadas, con atribuciones legales claras, que no solo supervisen la operación de los proyectos, sino que ejecuten de manera efectiva el marco normativo para asegurar su mantenimiento, seguridad vial y estado material.
Hoy, la Secretaría de Obras y Servicios cuenta con la Dirección General de Servicios Urbanos para tareas de mantenimiento. Sin embargo, la propuesta apunta a una instancia con mayor capacidad operativa, enfoque técnico específico y continuidad más allá de los ciclos administrativos.
Desde nuestra perspectiva, el reto no está únicamente en diseñar y construir. La infraestructura pública exige acompañamiento sostenido, seguimiento constante y una visión de largo plazo que entienda cada obra como proceso y no como evento inaugural.
Infraestructura pública como territorio en disputa: ¿Para quién vamos a diseñar?
Cualquier proyecto de infraestructura pública entra en fricción con múltiples dinámicas sociales, y la ciclovía de Tlalpan no es la excepción. Comerciantes, vecinxs y trabajadoras sexuales han expresado inquietudes sobre cómo esta intervención modifica sus condiciones laborales y su relación con el espacio.
Escuchar estas voces no es un gesto secundario, es reconocer que el espacio público nunca es neutral. Es un territorio en disputa donde convergen intereses, necesidades y vulnerabilidades distintas. Cada trazo reorganiza economías informales, recorridos cotidianos y formas de subsistencia que ya existían antes de la obra.
Desde nuestra mirada, incorporar estas tensiones en la conversación no significa frenar el desarrollo, sino complejizarlo. Entender que la infraestructura no solo distribuye movilidad, también redistribuye poder y afecta directamente la vida de quienes habitan y trabajan en esos territorios.
Frente a este escenario, vale la pena detenernos en algunas preguntas incómodas pero necesarias. ¿En qué medida los proyectos se diseñan pensando realmente en lxs habitantes locales? ¿Para quién estamos proyectando la infraestructura pública hoy?
Estas interrogantes no buscan invalidar la ciclovía ni cualquier otro proyecto. Buscan abrir la conversación y complejizarla.
Hablar de diseño participativo se ha vuelto habitual en el discurso arquitectónico y urbano contemporáneo. Sin embargo, con frecuencia la participación se reduce a una fase administrativa o a mecanismos poco accesibles para la mayoría de la población. Se consulta, pero no siempre se dialoga.
La propuesta que emerge de nuestra conversación apunta a imaginar formas de participación que generen condiciones más horizontales. Espacios donde usuarixs y habitantes locales puedan dialogar en igualdad con urbanistas, arquitectxs y autoridades. No como trámite, sino como proceso sostenido que reconozca que el espacio público se construye desde múltiples voces y no desde una sola narrativa técnica.
En busca de otras dinámicas de encuentro y participación
Hablar de diseño participativo se ha vuelto casi obligatorio en el discurso arquitectónico y urbano contemporáneo. Sin embargo, en la práctica, esa participación suele limitarse a un requisito administrativo o a procesos técnicos poco accesibles para la mayoría de la población.
La propuesta que surge de nuestra conversación apunta a repensar esos mecanismos. Imaginar formas de participación que no funcionen como trámite, sino como espacios reales de diálogo en condiciones más igualitarias, donde usuarixs y habitantes locales puedan intercambiar perspectivas con urbanistas, arquitectxs y autoridades. No se trata solo de escuchar opiniones, sino de integrar esas voces en la toma de decisiones que transforman el territorio.
Esto también obliga a reconocer un problema estructural, la falta de transparencia y comunicación previa a la aprobación y construcción de muchos proyectos. Sin embargo, la transparencia por sí sola no resuelve el fondo del asunto. El desafío real está en traducir la información técnica —incluidos los estudios de impacto— a un lenguaje común, comprensible y útil para quienes habitan el territorio.
La pregunta entonces se desplaza hacia los dispositivos. ¿Qué herramientas pueden propiciar un encuentro entre quienes diseñan y ejecutan el proyecto y quienes lo vivirán en su cotidianidad? ¿Cómo generar espacios de diálogo donde las inquietudes y experiencias locales tengan el mismo peso que los argumentos técnicos? ¿Cómo sostener un tono verdaderamente horizontal?
En esa misma línea surge otra inquietud. ¿Cómo comunicar lo que sabemos sin imponerlo? ¿De qué manera nuestros propios cuerpos en el espacio pueden convertirse en herramientas de comunicación y mediación? Pensar la infraestructura desde ahí implica entender que el diseño no solo organiza flujos, sino también organiza relaciones.
Reivindicarse frente a las instituciones
Las preguntas anteriores parten del reconocimiento de que ya existen ejercicios de consulta ciudadana. Mesas de trabajo, canales de comunicación directa entre vecinxs y autoridades, así como asambleas informativas forman parte del repertorio institucional para escuchar a la población.
En años recientes, el gobierno de la Ciudad de México, a través de la Agencia Digital de Innovación Pública (ADIP), desarrolló además la plataforma Plaza Pública. Esta herramienta digital busca ampliar la participación al permitir que residentes propongan, debatan, voten y se posicionen frente a proyectos y disposiciones que impactan la ciudad.
Sin embargo, la existencia de estos mecanismos no garantiza por sí misma una participación efectiva. La pregunta sigue abierta: cómo convertir estos espacios —presenciales o digitales— en procesos verdaderamente vinculantes, accesibles y capaces de incidir en las decisiones que transforman el territorio.
Sin embargo, la existencia de estas herramientas no resuelve por sí sola la relación entre ciudadanía e instituciones. Desde Coolhuntermx creemos que, como ciudadanxs y habitantes, también nos corresponde repensar cómo nos vinculamos con estas plataformas y con las estructuras que las sostienen.
Las preguntas de fondo son más amplias que una ciclovía o una plataforma digital. ¿Cómo queremos relacionarnos con las instituciones que diseñan y ejecutan la ciudad? ¿Buscamos incidir desde dentro y reivindicar estos espacios? ¿O es necesario imaginar otras categorías y alternativas de organización?
La coyuntura nos coloca frente a una posición inevitable. No somos espectadorxs pasivxs del desarrollo urbano. Somos parte activa del territorio que se transforma. Reconocer dónde nos situamos implica asumir que la ciudad no solo se construye desde oficinas públicas, sino también desde la forma en que decidimos participar, cuestionar y habitarla.
La promesa de “la calle completa“
La Ciclovía Gran Tenochtitlán se inscribe en una narrativa de renovación urbana vinculada al próximo Mundial de fútbol, un evento con peso económico y turístico evidente. Bajo ese marco, es inevitable pensar la obra como parte de una estrategia de proyección internacional.
Sin embargo, Bruno Arancibia propone desplazar esa lectura inmediata y verla como un legado urbano que excede la temporalidad del evento mediático. Más allá del escaparate global, la ciclovía puede entenderse como infraestructura permanente que modifica hábitos, recorridos y formas de habitar la ciudad en el largo plazo.
Esta mirada tensiona una idea que desde Coolhuntermx hemos venido reflexionando: toda obra pública también opera como dispositivo de imagen, una forma de presentar la ciudad ante turistas y organismos internacionales. El reto está en que esa dimensión simbólica no eclipse su función cotidiana ni reduzca el proyecto a un gesto de propaganda, sino que logre sostenerse como transformación real para quienes la usan todos los días.
Para Bruno, un proyecto como la ciclovía o el rediseño de una vialidad puede funcionar como agente de orden y como generador de condiciones más igualitarias en el espacio público. Esta postura se vincula con el concepto de “calle completa”, entendido como un modelo de diseño que busca garantizar un tránsito seguro, cómodo y eficiente para todas las personas, sin importar edad, capacidad o modo de transporte.
A diferencia del paradigma tradicional centrado en el automóvil, “la calle completa” reorganiza prioridades y establece una jerarquía clara de movilidad, primero peatones, luego ciclistas y después transporte público. La intención es construir entornos más seguros, accesibles y sostenibles.
Desde Coolhuntermx compartimos la idea de que el espacio público debería ofrecer condiciones de igualdad. Sin embargo, la pregunta permanece abierta. ¿Puede una vialidad materializar realmente esa igualdad en contextos atravesados por desigualdades económicas y sociales? ¿Con el paso del tiempo, la ciclovía podría convertirse en un agente de prosperidad para quienes viven y trabajan a su alrededor?
Más que respuestas definitivas, lo que emerge es la necesidad de observar cómo estas infraestructuras operan en la vida cotidiana y si logran sostener la promesa de una ciudad más equitativa.
La infraestructura pública como proceso abierto
Afortunadamente, los proyectos de infraestructura pública no son piezas cerradas. Ninguna obra queda completamente definida el día de su inauguración. Su forma real emerge con el tiempo, a través del uso cotidiano, la apropiación y también la fricción.
Entender esto nos lleva a otra pregunta necesaria. ¿Qué mecanismos de retroalimentación ciudadana deberían activarse una vez que la infraestructura entra en operación para permitir ajustes, correcciones y mejoras? Si el diseño impacta la vida diaria, su evaluación no puede limitarse al momento de entrega.
Pensar la ciudad como algo fijo es una idea agotada. En cambio, asumirla como un proceso continuo implica reconocer que siempre puede afinarse. La infraestructura no debería concebirse como monumento, sino como sistema vivo. Un dispositivo que se transforma conforme cambian las dinámicas sociales, los hábitos y las necesidades de quienes la habitan.
Bajo esta lógica, corregir no es admitir fracaso, sino asumir responsabilidad. Mejorar no es improvisar, sino escuchar. Y reimaginar no es empezar de cero, sino aceptar que la ciudad se construye todos los días, también después del corte de listón.
Escapar de la endogamia y abrazar la pluralidad
La autocrítica es necesaria. Muchxs profesionistas del diseño y la arquitectura tienden a operar dentro de círculos cerrados. Ese aislamiento no solo reduce la diversidad de perspectivas, sino también limita la transparencia y el diálogo con la sociedad a la que, en teoría, se busca servir.
Si hablamos de horizontalidad en el desarrollo de infraestructura, esa lógica debe empezar por transformar la manera en que ejercemos la profesión. Abrir el proceso implica salir de la endogamia disciplinar y reconocer la heterogeneidad como una condición indispensable, no como un añadido opcional.
Desde nuestra mirada, la pluralidad no es un gesto simbólico, es una herramienta de trabajo. Nos obliga a preguntarnos con honestidad: ¿A quién estamos invitando a estas conversaciones? ¿Quiénes quedan fuera? ¿A quiénes consideramos realmente partícipes en la toma de decisiones?
Pensar la infraestructura como espacio relacional exige ampliar la mesa. No basta con diseñar para la ciudad; es necesario diseñar con ella.
No es secreto que la ciclovía en Calzada de Tlalpan ha enfrentado manifestaciones y resistencia desde el 2025. Las principales preocupaciones giran en torno al impacto en el comercio, la movilidad y el desplazamiento de actividades laborales. Entre quienes se han pronunciado se encuentran trabajadoras sexuales y comerciantes locales, tanto negocios formales como informales, especialmente aquellos ubicados bajo puentes.
Estas tensiones revelan que cualquier intervención urbana altera equilibrios preexistentes, incluso cuando su intención sea mejorar condiciones de movilidad y seguridad.
Desde nuestra posición, consideramos inevitable formular preguntas directas. ¿En qué medida fueron escuchadas las inquietudes de estas comunidades antes y durante el proceso? ¿Quiénes tuvieron acceso real a los espacios de decisión política? ¿Qué voces quedaron fuera?
Más allá de posicionamientos a favor o en contra, lo que emerge es la necesidad de revisar cómo se integran —o se excluyen— las economías y realidades que ya habitaban el territorio. Porque diseñar una ciudad implica asumir que cada trazo redistribuye oportunidades, pero también riesgos.
Actualmente, desde la arquitectura y el diseño existen herramientas didácticas y lúdicas que permiten recoger una diversidad de opiniones y generar información valiosa sin depender únicamente de los mecanismos tradicionales, que con frecuencia resultan largos, técnicos y poco accesibles para gran parte de la población.
No todo proceso participativo tiene que pasar por formatos rígidos o burocráticos. Existen dinámicas más abiertas, visuales y pedagógicas que pueden facilitar el diálogo y hacer comprensible la información para quienes habitan el territorio.
Desde Coolhuntermx consideramos fundamental imaginar alternativas que transformen la manera en que se desarrollan estos procesos. Pensar dispositivos que integren a todxs lxs involucradxs y que permitan construir, de forma colectiva, escenarios posibles para este tipo de proyectos. Participar no debería sentirse como una carga, sino como una oportunidad real de incidir en el espacio que compartimos.
¿Y el gobierno? ¿Qué debería hacer?
Hacia el cierre de nuestra conversación retomamos esta inquietud. Bruno Arancibia planteó una propuesta concreta, la necesidad de crear espacios protegidos por las autoridades, pero organizados y gestionados por terceros, asociaciones sin intereses directos en el territorio intervenido. La intención sería evitar que un solo sector imponga su agenda sobre el resto y garantizar condiciones más equitativas de diálogo.
Es cierto que el gobierno tiene la capacidad de crear o, al menos, facilitar este tipo de plataformas para activar dinámicas alternativas de participación. Sin embargo, desde Coolhuntermx creemos que depositar toda la responsabilidad en la estructura institucional es una forma limitada de entender la política.
La política no se agota en el aparato gubernamental. Es también una práctica cotidiana, un ejercicio de soberanía individual y colectiva. La pregunta entonces se desplaza hacia nosotrxs. ¿Cómo ejercemos la política desde nuestra posición? ¿Qué recursos, saberes y redes podemos activar? ¿Qué elementos de nuestro contexto inmediato podemos poner sobre la mesa para incidir en la ciudad que habitamos?
Pensar así implica asumir que la transformación urbana no depende únicamente de decretos, sino también de la capacidad de organizarnos, dialogar y actuar desde donde estamos.
Pensar la política únicamente como un espacio al que acudimos para pedir permiso reduce su alcance. En cambio, entenderla como una práctica distribuida —que se ejerce en lo cotidiano, en la conversación y en la organización colectiva— abre otras posibilidades de acción.
Este texto no busca cerrar la discusión sobre la Ciclovía de Tlalpan. Al contrario, pretende ampliar el debate en torno a este y otros proyectos de carácter público. Nos interesa asumir este caso como provocación dirigida a arquitectxs, diseñadorxs, urbanistas, organizaciones, medios y ciudadanxs.
Una invitación a pensar la infraestructura pública no solo como obra terminada, sino como espacio relacional. Un territorio donde se negocian, tensionan y convergen intereses diversos todos los días. Porque la ciudad no es únicamente lo que se construye, sino lo que se discute, se disputa y se transforma colectivamente.
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