DESPUÉS DE LA INDEPENDENCIA, MÉXICO NECESITÓ CONVERTIR UN PROCESO POLÍTICO COMPLEJO, LLENO DE CONTRADICCIONES, INTERESES DISTINTOS Y PERSONAJES ENFRENTADOS, EN UNA HISTORIA QUE PUDIERA CONTARSE. NECESITÓ FECHAS, CEREMONIAS Y, SOBRE TODO, ROSTROS

Cada septiembre, México vuelve a vestirse de México. Aparecen los bigotes de plástico, las trenzas, los sombreros de ala ancha, las botas, los paliacates, los vestidos con flores y las banderas de diversos tamaños. En restaurantes, oficinas, escuelas y fiestas patrias, miles de personas se ponen encima una serie de objetos que reconocemos inmediatamente como mexicanxs. No hace falta que nadie explique el disfraz.

Pero hay algo extraño en esa escena. Muchos de los elementos que utilizamos para representar la Independencia no pertenecen necesariamente a la Independencia. El charro, por ejemplo, se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la mexicanidad durante las décadas posteriores a la Revolución, cuando el país necesitaba construir símbolos capaces de producir una idea común de nación. La imagen del hombre de sombrero, traje de charro y botas terminó funcionando como una especie de atajo visual.

Entonces, ¿qué hacemos realmente cuando nos ponemos un bigote falso el 15 de septiembre?

No estamos simplemente recordando 1810. Estamos interpretando una historia que durante más de dos siglos ha sido editada, dramatizada, simplificada y convertida en imagen. La Independencia de México también puede leerse como una historia del diseño de la identidad nacional.

Antes del disfraz estuvo la necesidad de imaginar una nación

La Independencia no comenzó con una identidad visual perfectamente definida. Uno de los grandes problemas del movimiento insurgente era precisamente cómo representar a una comunidad política que todavía estaba construyéndose como nación. Las imágenes tuvieron que reunir a personas distintas alrededor de símbolos reconocibles.

La Virgen de Guadalupe fue una de ellas. El estandarte asociado a Miguel Hidalgo adquirió una enorme fuerza simbólica durante el movimiento insurgente y funcionó como una imagen capaz de producir pertenencia. Más adelante, otros símbolos comenzaron a ocupar ese espacio, entre ellos el águila sobre el nopal, relacionado con el mito fundacional de México-Tenochtitlan. La identidad nacional empezó a construirse a través de una combinación de imágenes religiosas, referencias indígenas, emblemas políticos y representaciones de héroes.

Pero los símbolos no nacen mexicanos. Se vuelven mexicanos mediante la repetición. Esa repetición es fundamental para entender por qué hoy podemos mirar una serie de objetos y reconocer inmediatamente una identidad nacional. No existe una esencia mexicana escondida dentro de un sombrero. El significado fue construido alrededor de él.

Mirar una imagen como si fuera una historia

Aquí resulta especialmente útil el método de Erwin Panofsky. Su propuesta para estudiar las imágenes plantea tres niveles de lectura. Primero observamos aquello que aparece frente a nosotrxs; después identificamos los temas y símbolos que culturalmente hemos aprendido a reconocer; finalmente intentamos comprender qué ideas, valores y circunstancias históricas hicieron posible que esos elementos adquirieran determinado significado.

Aplicado a una noche mexicana, el ejercicio es interesante. Primero vemos cuerpos vestidos de determinada manera. Un hombre lleva sombrero, botas, quizá un sarape y un bigote. Una mujer lleva trenzas, flores y un vestido amplio. Hay papel picado, banderas, luces verdes, blancas y rojas. No necesitamos conocer la historia del arte para reconocer la escena.

Después aparece el segundo nivel. El sombrero deja de ser solamente un sombrero y se convierte en una referencia al charro; las trenzas evocan una determinada idea de mujer mexicana; las botas llevan consigo el campo, el caballo, el trabajo rural; el bigote puede remitir al revolucionario. La suma de esos elementos produce una imagen convencional que hemos aprendido a leer desde pequeños.

Pero el tercer nivel es donde la imagen comienza a ponerse interesante. ¿Qué idea de México está escondida detrás de ella? Un México rural, masculino, mestizo, tradicional, campesino, católico, revolucionario, festivo y ligado a la tierra. Un México que cabe dentro de una serie relativamente pequeña de signos. Esa simplificación, ¿será oportuna?

José Clemente Orozco y el héroe

Quizá uno de los mejores lugares para preguntarnos cómo se fabrica una identidad nacional sea el rostro de Miguel Hidalgo. Lo reconocemos inmediatamente como el sacerdote de cabello blanco, rostro alargado, mirada severa y gesto paternal que aparece en billetes, monumentos, libros de texto, murales y estampas. Ese rostro que creemos conocer no es necesariamente el rostro de un hombre al que podamos reconocer con certeza. No existe un retrato realizado del natural que nos permita decir “así se veía Miguel Hidalgo.” La imagen que tenemos de él es, en buena medida, una construcción posterior.

Después de la Independencia, México necesitó convertir un proceso político complejo, lleno de contradicciones, intereses distintos y personajes enfrentados, en una historia que pudiera contarse. Necesitó fechas, ceremonias y, sobre todo, rostros. Una nación recién construida necesitaba padres fundadores. Necesitaba héroes que pudieran ocupar plazas, monumentos, billetes, pinturas y páginas de libros. Hidalgo terminó convirtiéndose en uno de ellos, el Padre de la Patria. La persona histórica comenzó a convivir con el personaje nacional.

La figura de Hidalgo en la obra de José Clemente Orozco importa precisamente por su escala. El cuerpo adquiere una dimensión casi sobrehumana y deja de funcionar como el retrato de una persona específica para convertirse en una representación de la fuerza insurgente. Es Hidalgo, pero también es la idea de Hidalgo. El hombre histórico y el mito empiezan a superponerse.

Aquí surge una de las operaciones más antiguas de la iconografía política. Cuando una sociedad necesita recordar algo, primero necesita darle una forma. Un rostro, una postura, una expresión. Después repite esa forma tantas veces que termina olvidando que alguna vez fue una interpretación.

Frente a la complejidad de un movimiento independentista, es mucho más sencillo recordar a Hidalgo levantando la voz en Dolores. Frente a décadas de conflictos políticos, es más fácil contar la historia como una cadena de héroes.

Pero esa comodidad tiene un precio. Cuando convertimos a una persona en símbolo, empezamos a borrar aquello que no cabe en el símbolo. Hidalgo deja de ser un hombre de su tiempo, con contradicciones, decisiones políticas, errores, intereses y circunstancias concretas, y se transforma en una figura casi fuera de la historia. Se vuelve el padre. El héroe. El iniciador. El rostro que inaugura México.

La noche mexicana como un autorretrato colectivo

No son solamente celebraciones históricas. Son ejercicios colectivos de representación. Durante unas horas, decidimos cómo queremos que se vea México. Elegimos colores, música, comida, objetos, ropa y personajes. Construimos una escenografía nacional y después entramos en ella.

La persona que se pone un sombrero no está necesariamente intentando reproducir con precisión la vestimenta de un personaje de 1810. Está utilizando un código que le permite decir “esto es México” sin tener que explicarlo.

Ahí es donde la iconografía deja de ser decoración y se convierte en memoria. Porque recordar no significa reproducir el pasado exactamente como ocurrió. También significa decidir qué imágenes queremos conservar de él.

¿Todavía nos representa esta iconografía?

Sí, pero quizá no porque sea históricamente exacta. Nos representa porque la reconocemos.

La imagen del charro, la figura del revolucionario, el sombrero, las botas, las trenzas, las flores, la bandera y los colores patrios forman parte de un vocabulario visual que generaciones enteras han aprendido a leer. Algunas de esas imágenes fueron recuperadas de tradiciones existentes; otras fueron reinterpretadas; otras fueron amplificadas por el Estado, la pintura, la fotografía, el cine, la publicidad y, más recientemente, las redes sociales.

La identidad nacional funciona así, no es una fotografía que permanece idéntica. Es una imagen que se edita. Y quizá esa sea la razón por la que seguimos utilizando símbolos que ya no describen por completo nuestra vida cotidiana.

El México contemporáneo es urbano y rural, indígena y mestizo, fronterizo y migrante, digital y artesanal, tradicional y experimental. Hay un país que vive en los pueblos y otro que vive en los edificios de oficinas. Algunxs celebran con mariachi y otrxs lo hacen escuchando reguetón. Hay quienes llevan sombrero y quienes jamás han usado uno.

Todxs caben dentro de México. Pero cuando llega septiembre, volvemos a sacar el mismo repertorio. No necesariamente porque México siga siendo aquel país. Sino porque esas imágenes se convirtieron en una forma de decir “pertenezco aquí”.

Panofsky nos pediría mirar primero el objeto. Después, reconocer el símbolo. Finalmente, preguntarnos qué sociedad necesitó convertir ese objeto en símbolo. Entonces el sombrero deja de ser un sombrero. El bigote deja de ser un bigote. Las botas dejan de ser botas. Son pequeñas piezas de una nación imaginada.

Y cada septiembre, cuando nos las ponemos, volvemos a diseñar México sobre nuestros propios cuerpos.


Fecha de Publicación:
Miércoles 09/09 2026