SI CREAR ES PRODUCIR ALGO ÚTIL, ENTONCES SÍ: LA IA ES UNA HERRAMIENTA BRILLANTE. PERO SI CREAR ES UN ACTO EMOCIONAL, UNA FORMA DE EXISTIR, DE ORDENAR UNA EXPERIENCIA INTERNA, DE TRADUCIR UNA SENSACIÓN CORPORAL QUE TODAVÍA NO TIENE PALABRAS, ENTONCES LA IA NO CABE AHÍ
Frida Ruh no habla de los futuros como un lugar lejano, sino como algo que ya nos respira en la nuca. Antes de cualquier pregunta, lanza una frase que cae como una provocación suave: “Antes de hablar de los futuros, primero tenemos que acostumbrarnos a imaginarnos dentro de ellos.” La escucho y pienso que quizá ese es el verdadero problema, no que la tecnología avance demasiado rápido, sino que a veces nosotrxs avanzamos demasiado poco.
Frida, especialista en inteligencia artificial y futuros, no busca deslumbrar con datos o pronósticos. Prefiere encender conversaciones que descoloquen, que incomoden y que nos devuelvan esa capacidad casi olvidada de imaginar sin miedo.
Hoy, mientras la IA se vuelve ruido, hype y herramienta omnipresente, necesitamos ser más críticxs. No para desconfiar totalmente de la tecnología, sino para cuestionar la narrativa que la rodea y que, poco a poco, ha comenzado a devorarlo todo.
De hablar sola frente a un micrófono a llegar a los futuros antes que todxs
Cuando Frida Ruh empezó a estudiar IA, el acceso a la información era limitado. No existían los cursos exprés ni los modelos que hoy se han vuelto parte de la vida diaria. La curiosidad la llevó por primera vez a Londres, a un encuentro de altruismo efectivo donde escuchó una charla del equipo legal de OpenAI, cuando todavía eran once personas y no el gigante global que conocemos ahora.
No fue la parte técnica lo que la atrapó, sino esa energía particular que tienen los proyectos que aún no saben lo que están por convertirse. Era la vibración de los futuros antes de los futuros. Su podcast nació en ese momento, como una práctica íntima para entender lo que no estaba explicado en ninguna parte.
Hoy, esa misma voz se ha convertido en una referencia para comprender la IA más allá del ruido de las tendencias y las modas pasajeras.
Optimismo, incomodidad y la era del “todo es IA”
Durante mucho tiempo Frida fue optimista. Veía en la IA una herramienta capaz de generar impacto social, reducir barreras y abrir posibilidades especialmente urgentes para quienes vienen del Sur Global. Pero algo cambió hace un año. “No dejé de creer en la IA”, comenta, “solo me empezó a dar cringe la forma en la que la gente la usa”.
La incomodidad no es con la tecnología, sino con la manera superficial en que se comunica, la promesa de que la IA “te resuelve la vida”, “te vuelve rico”, “te hace volar”. La romantización del filtro, el deepfake usado como juego, la normalización de regalar datos, la indiferencia frente a la desinformación. El hype, lejos de ampliar la imaginación, la está estrechando.
Ahí comenzó su giro crítico, no como rechazo, sino como acto de responsabilidad, cuestionar cuando todxs aplauden.
La creatividad, la intuición y la pregunta que nadie formula
Hablamos de creatividad y de intuición, esas dimensiones que no se explican desde la lógica ni desde la productividad. “Claro que la IA puede replicar procesos creativos”, reconoce. “Puede combinar conceptos, generar algo nuevo, resolver una necesidad”. Pero la pregunta importante no es qué puede hacer la IA, sino por qué creamos lxs humanxs.
Si crear consiste en producir algo útil, entonces sí, la IA es una herramienta brillante. Pero si crear es un acto emocional, una manera de existir, de ordenar una experiencia interna o de traducir una sensación corporal que aún no tiene palabras, entonces la IA no cabe ahí.
La creación humana no es un algoritmo; es una combustión. Una vibración. Una forma de saber sin saber. Y eso no se replica. Se acompaña, quizá. Pero no se sustituye.

La IA como detonante de crisis de identidad
Esta reflexión la lleva a un punto urgente donde la inteligencia artificial está desestabilizando identidades. No porque quiera reemplazarnos, sino porque amplifica las habilidades que históricamente se han premiado como la lógica, la eficiencia y la producción, dejando en sombra las inteligencias que hemos aprendido a desvalorizar como la intuición, la sensibilidad, el afecto y la escucha profunda. “Cuando comparas tu valor con el de una herramienta diseñada para optimizar, pierdes”, dice. Y no pierdes porque seas menos, sino porque no estás comparando cosas equivalentes.
Por eso prevé, y ya observa, un aumento en ansiedad, depresión y sensación de insuficiencia. La gente no teme a la IA; teme no saber dónde colocar su propia humanidad en medio de ella.
¿Y el Sur Global? ¿Y nuestras formas de sentir?
Aquí la conversación se vuelve política. No es lo mismo hablar de IA desde Londres que desde Ciudad de México. Tampoco es igual haber crecido en un sistema donde la vida cotidiana es fría, práctica y reservada, que venir de una cultura como la nuestra, donde el contacto físico, la intensidad afectiva y la presencia son condiciones básicas de existencia.
Esa diferencia abre una pregunta que se ha ignorado por completo: ¿cómo sería una IA verdaderamente latinoamericana? No una que solo traduzca nuestro español, sino una que comprenda nuestras contradicciones, crisis, ritmos, humores, urgencias económicas, humor colectivo, heridas históricas y sensibilidad vibrante. Una IA que no nos convierta en usuarixs, sino en coautores de futuros.
El desafío educativo. Entre resolver y aprender
Desde su experiencia en Inglaterra, donde el uso de IA en la universidad está permitido siempre que lo declares, reflexiona sobre las diferencias culturales. Allá la herramienta se utiliza para ampliar el pensamiento, no para reemplazarlo. En Latinoamérica sucede algo distinto. La urgencia económica, la falta de tiempo, la presión laboral y la precariedad educativa empujan a muchas personas a usar la IA como atajo y no como acompañamiento. No por falta de ética, sino por falta de condiciones. Ese contexto transforma la manera en la que nos relacionamos con la tecnología y, con ello, el tipo de futuros que estamos creando sin darnos cuenta.
El punto central: Límites, propósito y una conversación más honesta
La conclusión a la que llega no es pesimista. Es lúcida. La IA no es tan poderosa como la presentan quienes la venden ni tan simple como la tratan quienes la banalizan. Necesita límites, contexto y responsabilidad, pero también deseo, imaginación y la capacidad humana de dirigirla hacia algo que haga sentido para nuestras vidas. Si permitimos que la conversación la dicten las tendencias, la prisa y la urgencia por monetizar todo, reduciremos lo humano a un trámite y elevaremos la tecnología a un mito.
La inteligencia artificial no necesita más ruido, necesita más profundidad. Más voces latinoamericanas dispuestas a imaginar futuros propios y no heredados. Más conversaciones que hablen de emoción, ética, historia e identidad, y no solo de herramientas. ¿Cuál es tu relación con la IA hoy? ¿Qué parte de tu humanidad no estás dispuesta a delegar? La conversación apenas comienza y no la resolverá un algoritmo. La tenemos que construir nosotras. Si quieres seguir explorando estas preguntas, este es el lugar.
Compartir artículo
Texto: María Fernanda Carmona
Fotos: Cortesía
Fecha de Publicación:
Jueves 20/11 2025
if( have_rows('efn-photos') ) { ?>
