¿QUÉ PUEDEN REVELARNOS LOS DESECHOS SOBRE LA MANERA EN QUE HABITAMOS EL MUNDO?
Más allá de la función de reciclar como práctica ambiental, hoy emergen propuestas que convierten el descarte en una vía para repensar los modos de producción, las economías locales y nuestras identidades a través del arte, la moda, el diseño y la arquitectura. Desde distintas geografías, disciplinas y escalas, diseñadorxs, colectivos y comunidades están haciendo del residuo una herramienta de transformación. Esta nota reúne proyectos de reciclaje en México que no solo recuperan materiales, sino también historias, vínculos, saberes y formas de organización. En lugar de darle la espalda a los residuos y sus orígenes, lo hacen visible. En lugar de reproducir los modelos extractivistas del diseño tradicional, apuestan por procesos regenerativos, situados y colaborativos.
MANUFACTURA: LobsterCrete
En la costa de Maine, la langosta no solo representa una tradición culinaria: es también símbolo de una industria histórica que ha sostenido la economía local durante siglos. Cada año, esta actividad genera más de mil millones de dólares y deja tras de sí toneladas de caparazones que, en su mayoría, terminan en vertederos o de regreso al mar como desecho. ¿Y si ese residuo pudiera transformarse en materia prima para el diseño?
Con esa pregunta como punto de partida, los estudios MANUFACTURA (México) y bioMATTERS (EE.UU.) participaron en la residencia Open Studio de Haystack Mountain School of Crafts. Ahí nació LobsterCrete, un proyecto que combina saberes tradicionales, tecnología de impresión 3D y biomateriales a partir del exoesqueleto de la langosta americana (Homarus americanus), rica en quitina, un polímero natural con múltiples aplicaciones en la arquitectura y el diseño sustentable.
MANUFACTURA, fundado por la arquitecta mexicana Dinorah Martínez Schulte, es un taller que cuestiona la fábricación y la producción a través de la innovación basada en la tradición. Su colaboración con bioMATTERS, especialistas en biocompuestos, plantea una forma de producción arraigada en el contexto ecológico y cultural.
El proceso comenzó con la colaboración de Greenhead Lobster, empresa local de pesca. A partir de caparazones recolectados, el equipo creó una mezcla con arcillas regionales y aglutinantes orgánicos para impresión 3D. El resultado: estructuras con un nuevo valor estético y técnico, donde el residuo marino genera otras posibilidades.
LobsterCrete no solo reduce la huella ambiental; propone nuevos imaginarios de circularidad, producción local y sostenibilidad situada. Además de este proyecto, MANUFACTURA ha desarrollado investigaciones como Eggshell Project, donde se explora el uso de cáscaras de huevo combinadas con agregados sustentables para producir una biocerámica como nuevo material de construcción. Esta propuesta no solo reduce el desperdicio alimentario, sino que abre posibilidades para repensar la construcción desde lo residual.
Xoloplastics: Diseño comunitario desde los residuos
Para este proyecto de reciclaje en México todo comienza con una bolsa de papas, un bote de shampoo, una tapa de garrafón flotando. En Malinalco, un pueblo al sur del Estado de México, estos fragmentos del consumo cotidiano no son solo basura: son materia prima para una nueva forma de diseñar.
Desde hace cinco años, Xoloplastics —proyecto impulsado por la asociación civil Imaginalco— ha construido una red comunitaria en torno al reciclaje de plásticos de un solo uso. A diferencia de los grandes sistemas de acopio industrializados, su modelo es íntimo, cercano, profundamente relacionado al territorio. La recolección es llevada a cabo por promotoras ambientales: mujeres jóvenes, madres, estudiantes que llevan a cabo la gran labor de dialogar con los vecinos, organizar puntos de entrega y separar los residuos. Así, el plástico no se recoge desde la urgencia del volumen, sino desde una ética del cuidado.

El siguiente paso es la transformación. En un taller lleno de color, herramientas y conversación, ese plástico lavado y clasificado es triturado, fundido y prensado para convertirse en placas sólidas, resistentes y estéticamente únicas. Algunas conservan fragmentos de logotipos, letras o colores saturados. Otras parecen paisajes abstractos. Todas son distintas, y todas llevan inscrita una historia colectiva: la de quienes participaron en su recolección, su procesamiento y su resignificación.
Estas placas no se quedan en el taller. Viajan. Se convierten en mobiliario, murales, revestimientos y piezas de diseño utilizadas por arquitectos, marcas responsables y artistas. Han formado parte de exposiciones, instalaciones e intervenciones en el espacio público, tanto en México como en Hong Kong. En cada aplicación, las placas de Xoloplastics plantean una pregunta: ¿de dónde proviene esto?, ¿cuál es la carga histórica de este material?
Sin embargo, el valor del proyecto no reside únicamente en los productos, también en el proceso. En cómo se articulan saberes locales, vínculos comunitarios y nuevas economías. En cómo el acto de reciclar se convierte en una herramienta de agencia para mujeres que encuentran en este trabajo no solo un ingreso, sino un espacio de colaboración, aprendizaje y autonomía.
Hasta ahora, Xoloplastics ha reciclado más de 6 toneladas de plástico, ha capacitado a más de 25 jóvenes en habilidades técnicas, y ha contado con la participación de más de 200 personas en talleres ambientales y artísticos. Al mismo tiempo, ha construido alianzas con instituciones culturales, marcas, universidades y coleccionistas. Su modelo se sostiene en tres pilares:
—Trabajo digno y formación integral para juventudes y mujeres.
—Producción y consumo responsable a partir de residuos locales.
—Arte y diseño como lenguajes que activan la conciencia ambiental.
Más allá del impacto ecológico, Xoloplastics demuestra que el diseño puede tener historia y arraigo. Que lo descartado no es un final, sino el inicio de nuevas formas de crear comunidad. Que lo que tocamos con las manos puede también transformar nuestras formas de pensar.
Eli Monsiváis: transformar la moda desde el reciclaje textil
En un panorama donde la moda rápida continúa generando toneladas de residuos cada año, Eli Monsiváis se ha posicionado como una figura clave en la promoción del reciclaje textil en México desde las redes sociales. Con más de dos millones de seguidores en TikTok e Instagram, esta diseñadora y maquillista artística ha convertido la transformación de prendas en un gesto cotidiano de resistencia y creatividad.
A través del upcycling, Eli reinventa piezas desechadas para darles nuevos usos y estéticas. Desde tops con ropa en desuso hasta pads reutilizables y bolsos “zero waste”, su propuesta no solo aborda el problema de la sobreproducción textil, sino que democratiza el acceso al diseño sostenible mediante tutoriales accesibles, lenguaje visual claro y una estética cercana.
Su trabajo representa una vertiente crucial del reciclaje contemporáneo: el que parte de lo doméstico y cotidiano, del cuerpo como primer espacio de transformación. En un entorno hiperindustrializado, su práctica adquiere una fuerza política y poética particular.
Unreal Youth: upcycling con identidad
Otro proyecto de reciclaje en México es Unreal Youth. Surgió en Guadalajara en 2014 como una respuesta directa a una ausencia: la de prendas que representaran identidades no binarias dentro de la moda nacional. En un entorno saturado por estándares de género rígidos y por el consumo acelerado de ropa desechable, el proyecto nació como un gesto personal de afirmación, pero también como una crítica a los sistemas de producción masiva que homogenizan cuerpos y estilos.
Con el paso del tiempo, lo que comenzó como camisetas impresas con mensajes irónicos se transformó en una propuesta consolidada de slow fashion basada en el upcycling textil. Hoy, desde su taller en el Estado de México y con base creativa en la Ciudad de México, Unreal Youth trabaja con textiles descartados —recuperados de pacas, tianguis o clósets familiares— para rediseñar piezas desde cero. Cada prenda es tratada como una pieza única, que conserva las huellas de su origen pero adquiere un nuevo sentido y valor.
El equipo —formado por Josué García, Armando León y Leonesa Ojeda— ha logrado construir una estética brillante, atrevida y deliberadamente no normativa. Las piezas no solo visten cuerpos, sino que permiten habitarlos con libertad, desde expresiones no binarias, trans, queer y otras formas de existencia que históricamente han sido marginalizadas en la industria de la moda.
Más allá del gesto técnico, el reciclaje en Unreal Youth es una estrategia de resistencia cultural: una forma de apropiarse del excedente textil —síntoma de un sistema que produce más de lo que necesita— y transformarlo en afirmación, deseo y memoria. En lugar de seguir la lógica de las colecciones por temporada, la marca produce a partir de lo que existe, lo que sobró, lo que alguien más dejó atrás. En ese gesto hay también una ética del cuidado: por el material, por el entorno y por quienes lo habitan.
Además del impacto visual y conceptual de su trabajo, Unreal Youth ha encontrado una comunidad sólida en torno a su propuesta. Una comunidad que encuentra en el diseño no solo una forma de vestir, sino una forma de narrarse a sí misma. Al integrar prácticas de reciclaje con discursos identitarios, el proyecto no solo reduce la huella ambiental, sino que amplía las posibilidades del diseño como herramienta de representación, pertenencia y libertad.
Conclusión: reciclar es el principio
Todos los materiales con los que trabajamos dicen algo de nosotros: lo que valoramos, lo que desechamos, lo que decidimos transformar o ignorar.
Lo que une a estas propuestas no es solo su enfoque en el reciclaje, sino la manera en que sitúan la producción creativa dentro de una red más amplia de relaciones: con el territorio, con los oficios, con las comunidades y con las formas de vida que queremos preservar. Estos proyectos no ofrecen soluciones completas: ofrecen procesos, nuevas preguntas, materiales cargados de historia y agencia.
Pensar el reciclaje hoy implica más que reducir el daño: implica imaginar otros modos de habitar, otras formas de hacer, otros vínculos con lo preexistente. Reciclar, en este sentido, no es un acto final, sino un punto de partida hacia el futuro.
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