LAS TIENDAS DE SEGUNDA MANO ESTÁN EN SU MEJOR MOMENTO. LAS PACAS YA NO SON UN SECRETO Y AHORA SON UN PLAN DE FIN DE SEMANA. LO VINTAGE YA NO ES SOLO NOSTALGIA, AHORA ES PARTE DE LA IDENTIDAD. EN TIKTOK, LA MISMA RED QUE HIZO FAMOSOS LOS HAULS DE COMPRAS, MILLONES HABLAN DE UNDERCONSUMPTION CORE, DEINFLUENCING, REPARAR ANTES QUE REEMPLAZAR O PASAR UN AÑO SIN COMPRAR ROPA NUEVA
La ropa es una de las formas más claras de expresar quiénes somos y de conservar fragmentos de quienes fuimos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre cuando una prenda deja de representarnos o, por el contrario, por qué algunas permanecen durante años en nuestro clóset sin perder su significado.
Hace unos meses abrí el mío con la intención de volver a usar algunas prendas, pero pronto descubrí que muchas ya no tenían sentido para mí. Ya no hablaban de la persona que soy hoy.
Mi mamá todavía conserva ropa de hace más de treinta años. Mi papá guarda jerseys que le recuerdan distintas etapas de su vida. Una amiga, mientras preparaba una bolsa para donar, iba reconstruyendo su historia prenda por prenda. “Esta me la regaló mi ex”, “con esta fui a mi primer trabajo”, “esta la compré para un viaje”. De pronto entendí que, más que un conjunto de objetos, nuestro clóset funciona como un archivo personal de recuerdos, afectos e identidades.
Cuando empecé a hablar de esto con otras personas, descubrí que no era una sensación aislada. Muchxs compartían la misma inquietud. ¿Por qué cada vez nos cuesta más conectar con la ropa que usamos? ¿Qué hace que algunas prendas salgan de nuestro clóset sin pensarlo dos veces, mientras otras permanecen durante años, incluso cuando ya casi no las usamos?
Poco después fui a una charla con Itzel Real, diseñadora y fundadora de Flavante. Se habló sobre la relación que tenemos con los objetos. Ella explicó por qué la ropa de nuestras abuelas podía durar décadas, mientras que mucha de la nuestra pierde sentido antes de un año. Al final de la charla mencionó un concepto al que apenas le había puesto atención: la durabilidad emocional.
Aprendimos a reemplazar antes que a conservar
Hoy compramos mucha más ropa que hace veinte años y la usamos menos tiempo. El ritmo de consumo cambió y, con eso, también cambió nuestra relación con las cosas.
El diseñador e investigador Jonathan Chapman propuso el concepto de durabilidad emocional hace más de veinte años. Explicó que la vida útil de un objeto no solo depende de su resistencia física. Un objeto se queda con nosotrxs porque seguimos encontrando significado en él y porque sigue siendo parte de nuestra historia, incluso cuando nuestra vida cambia.
¿Por qué un concepto creado hace veinte años se volvió importante justo ahora?
La geografía del exceso o Postales del descarte global
En el norte de Chile, en el desierto de Atacama, hay una montaña de ropa visible desde el aire. Son miles de toneladas de prendas que nadie quiso conservar. La mayoría llegó desde Estados Unidos, Europa y Asia para terminar acumulada en uno de los lugares más secos del planeta.
Hoy el mundo produce alrededor de cien mil millones de prendas al año para una población de ocho mil millones de personas. Es más del doble que a principios de los años dos mil. Compramos alrededor de un 60% más de ropa que hace dos décadas y la conservamos aproximadamente la mitad del tiempo. La prenda promedio apenas se usa entre siete y diez veces antes de ser desechada. (Durability Survey 2026 – US, 2026)
Aunque estas cifras parecen lejanas, también tienen un impacto directo en nuestro día a día. En México, por ejemplo, es cada vez más común ver contenedores llenos de ropa en mercados, en esquinas o en recolectas vecinales. Muchas prendas apenas se usan unas cuantas veces antes de terminar en la donación, el intercambio o incluso en la basura. Al recorrer cualquier tianguis o visitar una tienda de segunda mano, podemos ver cómo la sobreproducción global se refleja en la cantidad de ropa disponible en nuestra propia ciudad.
Lo curioso es que, mientras esa montaña crece, también parece que ocurre lo contrario.
Las tiendas de segunda mano están en su mejor momento. Las pacas ya no son un secreto y ahora son un plan de fin de semana. Lo vintage ya no es solo nostalgia, ahora es parte de la identidad. En TikTok, la misma red que hizo famosos los hauls de compras, millones hablan de underconsumption core, deinfluencing, reparar antes de reemplazar o pasar un año sin comprar ropa nueva.
¿Cómo podemos volver a tener una relación significativa con los objetos en una época donde todo está hecho para ser reemplazado?
¿Cuándo dejamos de tocar las cosas?
Antes elegíamos la ropa tocando la tela, viendo las costuras o sintiendo su peso. Ahora, muchas decisiones empiezan y terminan en una pantalla. Deslizamos imágenes, comparamos precios, hacemos clic y, días después, llega una caja a la puerta de la casa.
En la charla, Itzel me contó que su historia empezó con ropa de segunda mano. A los dieciséis años compraba en las pacas para vender en la prepa. Mientras otros solo veían una chamarra vieja o una camisa pasada de moda, ella empezó a fijarse en las costuras, los bordados a mano, las etiquetas y la calidad de las telas. Descubrió que una prenda podía leerse casi como un documento histórico.
Con el tiempo, notó un patrón. La ropa más antigua no solo estaba mejor hecha, también invitaba a relacionarse con ella de otra forma. Tenía peso, estructura y detalles que te hacían detenerte. Algunas prendas pasaron de la abuela a la madre y luego a la hija. No era solo ropa, eran objetos que habían sobrevivido varias vidas.
Su observación coincide con lo que la investigadora británica Kate Fletcher ha dicho durante años: la sostenibilidad no solo depende de hacer ropa con menos impacto ambiental, también de crear relaciones más duraderas con lo que usamos.
Durante mucho tiempo creímos que el problema de la moda era producir mejor. Ahora parece que también necesitamos aprender a valorar mejor lo que tenemos.
La modernidad líquida o la era del vacío.
Itzel suele decir que la moda es la forma más íntima de conectar con el presente. Nos vestimos todos los días. Elegimos una tela para salir al mundo. Decidimos qué queremos decir antes de hablar.
La ropa siempre ha sido un lenguaje, pero lo que ha cambiado es cómo nos relacionamos con él.
El sociólogo Zygmunt Bauman describía la modernidad como un estado líquido, con vínculos frágiles, identidades cambiantes y objetos hechos para ser reemplazados antes de que echen raíces. Aunque habla de relaciones humanas, es fácil ver cómo esto también se aplica a nuestros clósets y a muchas otras cosas, cuando habla de esa dificultad para mantener algo a lo largo del tiempo.
Quizá por eso, lo que muchas personas sienten hoy no es solo una crisis de estilo, sino también una crisis de identidad.
Nos cuesta encontrar ropa que nos represente porque vivimos en una época donde es cada vez más difícil construir una versión estable de nosotros mismos.
Reflejos de una identidad desvanecida
La hiperconectividad ha hecho que esa sensación sea aún más fuerte.
Por primera vez, convivimos a diario con miles de referencias distintas. Vemos cómo se viste alguien en Tokio, qué compra otra persona en París o qué tendencia surge en Nueva York. Nunca habíamos tenido tantas opciones para construir una identidad.
Pero, paradójicamente, nunca fue tan fácil sentir que ninguna de esas identidades realmente nos pertenece.
Quienes crecimos después de la apertura comercial de los noventa y de la llegada del fast fashion casi no conocimos otra forma de consumir. Aprendimos a comprar barato, a reemplazar rápido y a pensar poco en cuánto tiempo un objeto se quedaría con nosotrxs.
Quizá somos la primera generación que creció por completo en la lógica de lo desechable. Solo ahora, después de más de veinte años, tenemos la distancia suficiente para ver lo que perdimos.
La costura del tiempo
La ropa fue solo uno de los primeros lugares donde lo notamos. Pero la pérdida del contacto va mucho más allá.
También dejamos de reparar muebles. Leemos menos libros completos porque nuestra atención se divide entre pantallas. Cocinamos menos usando los sentidos, como hacían las abuelas al calcular sus recetas, y más siguiendo instrucciones. Incluso la inteligencia artificial lleva esto más lejos: imágenes, textos y diseños aparecen en segundos sin que nadie los toque.
Lo curioso es que, justo cuando todo se vuelve más inmediato, también crece el deseo de lo contrario. Volvemos a los bazares, a las piezas hechas a mano, a los talleres abiertos, a los objetos con marcas de uso y a las prendas que alguien ya usó antes que nosotros.
Sin embargo, este regreso a lo duradero y significativo se vive de manera distinta entre generaciones y culturas: para muchxs jóvenes, comprar ropa de segunda mano es casi un acto de identidad y rebeldía, mientras que para generaciones mayores puede ser un regreso a costumbres de aprovechamiento y ahorro.
En distintos países, estos cambios también adoptan formas propias: en Japón, por ejemplo, el kintsugi y el valor de la reparación influyen en la forma en que se aprecia lo usado. En las ciudades latinoamericanas, la tradición de modificar y heredar prendas sigue viva en muchas familias. Así, la búsqueda de sentido en lo que vestimos cruza fronteras y edades, pero se manifiesta de diversas maneras.
Quizá no solo queremos consumir de otra manera. Tal vez estamos tratando de recuperar una forma de relacionarnos con el mundo que se nos fue escapando sin darnos cuenta.
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Texto : Renee G. Gudiño
Fotos: Renee G. Gudiño & Archivo
Fecha de Publicación:
Lunes 29/06 2026
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