LA EXPERIENCIA COMENZÓ CON LA GRANA COCHINILLA. MOLERLA FUE CASI UN ACTO RITUAL. EL POLVO SE VOLVIÓ CARMÍN PROFUNDO Y, AL TOCAR EL AGUA CALIENTE, SE TRANSFORMÓ COMO SI DESPERTARA. EN ESTE PUNTO SE NOS EXPLICÓ QUE PODRÍAMOS UTILIZAR CUALQUIER COSA A NUESTRO ALCANCE PARA TEÑIR, COMO LAS CÁSCARAS DE CEBOLLA MORADA, DE AGUACATE, EL TÉ NEGRO, EL EUCALIPTO. ELEMENTOS COTIDIANOS QUE GUARDAN PIGMENTOS INVISIBLES HASTA QUE ALGUIEN DECIDE MIRAR DISTINTO
El Día de Santa Brígida, que cada 1 de febrero ilumina a Irlanda, encontró en México un latido a través de la lana, el telar y la memoria compartida.
Mientras el mundo suele teñirse de verde cada 17 de marzo por Día de San Patricio, el Día de Santa Brígida abre otra conversación. Una que celebra a las mujeres irlandesas, sus saberes y su legado, y que hoy se expande como una invitación global a reconocer el trabajo femenino en la cultura, la artesanía y la comunidad.
¿Quién es Santa Brígida?: Entre diosa, santa y fuego creador
Celebrado desde hace más de 4,500 años en su forma ancestral como Imbolc, esta fecha marca el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera. Para los celtas era el anuncio de la nueva vida. Honraban a Brigid, figura asociada a la sabiduría, la poesía, la curación, el fuego y la creatividad.
Con la llegada del cristianismo en el siglo V, la tradición se transformó y apareció Santa Brígida de Kildare, fundadora de un monasterio en Kildare y considerada la única santa patrona mujer de Irlanda. Nadie sabe con certeza dónde termina la diosa y comienza la santa. Lo que sí es claro es que ambas encarnan una energía vinculada a la creación y el cuidado.
Un taller que tiñe historia en el Museo de Arte Popular
Con ese espíritu, la Embajada de Irlanda en México convocó a un taller abierto al público junto a la artista mexicana radicada en West Wicklow, Irlanda, Malú Colorín. Más que una clase, fue una inmersión en la historia viva de la lana irlandesa y mexicana, el teñido natural y la sostenibilidad textil.
Durante dos sesiones lxs participantes exploraron el proceso completo, primero el color, luego el tejido.
La experiencia comenzó con la grana cochinilla. Molerla fue casi un acto ritual. El polvo se volvió carmín profundo y, al tocar el agua caliente, se transformó como si despertara. En este punto se nos explicó que podríamos utilizar cualquier cosa a nuestro alcance para teñir, como las cáscaras de cebolla morada, de aguacate, el té negro, el eucalipto. Elementos cotidianos que guardan pigmentos invisibles hasta que alguien decide mirar distinto.
En las ollas, las plantas infusionaban lentamente. El pericón se pasó de mano en mano para olerlo. De Irlanda llegaron el roble y la gualda, conocida científicamente como Reseda luteola, planta histórica para obtener amarillos dorados. El mismo proceso, dos territorios distintos. Una conversación cromática entre países.
Algunas mezclas recibieron hierro para intensificar los tonos. De un solo pigmento nacían múltiples matices.
Después introducimos la lana en el baño de tinte con movimientos suaves, cubrirla, dejarla reposar. Al sacarla y extenderla sobre las mesas, el espacio se convirtió en un paisaje de fibras húmedas secándose al aire. Todxs armamos nuestro propio muestrario, una cartografía personal de tonos.
El segundo día se dedicó al telar. Con mini bastidores, las lanas teñidas se transformaron en pequeños lienzos para colgar en casa. No eran solo piezas decorativas, eran memoria material.
Lana, territorio y economía circular con Malú Colorín
Malú Colorín llegó al textil desde la meditación. El movimiento repetitivo de las fibras le abría un espacio interno. Más tarde, comenzó a cuestionar el sistema textil. En 2020 se mudó a Irlanda y descubrió una paradoja: un país lleno de ovejas donde la lana local era desechada. Resultaba más sencillo importar fibra de Australia o Nueva Zelanda que trabajar la propia.
En los últimos seis años, ese panorama empezó a cambiar. Hoy existe un movimiento por revalorizar la lana irlandesa, tejer redes locales y construir un sistema textil regenerativo.
Malú es cofundadora de Fibreshed Ireland y fundadora de Talú, un espacio de teñido natural y educación donde el color se entiende como puente con la Tierra. También es profesora invitada en el Colegio Nacional de Arte y Diseño de Irlanda y oradora sobre diseño circular.
Su práctica combina identidad, pertenencia y reciprocidad. Trabaja con fibras, arcilla silvestre, plantas y pigmentos naturales para mapear las relaciones entre humanos, territorio y seres no humanos. No es solo diseño. Es sistema, comunidad y política del cuidado.
Malú señaló que en México existe mayor colaboración histórica con artesanxs textiles. Durante la pandemia, el interés por estos procesos creció. Muchas personas buscaron reconectar con lo manual, lo lento y lo local.
El taller: Un espacio para compartir saberes
Durante el taller, además de la guía impresa detallando pigmentos y procesos, ocurrió el intercambio de saberes. Varias personas compartieron que ya utilizaban estos tintes en cerámica. El espacio se volvió laboratorio colectivo.
Si la primavera anuncia nuevos comienzos, quizá el mejor homenaje a Brígida sea este, volver a tocar la materia prima, preguntarnos de dónde viene lo que vestimos y cómo podemos tejer sistemas más justos.
Porque a veces cambiar el mundo empieza así, con una olla de plantas hirviendo y un hilo que, lentamente, decide contar otra historia.
Tal vez la próxima fibra que transformes también transforme tu forma de habitar el territorio.
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Texto: Redacción Coolhuntermx
Fotos: Ben Ingoldsby
Fecha de Publicación:
Martes 17/02 2026
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