LA SOBRIEDAD DIGITAL Y OTRAS MEDIDAS PARA AMINORAR NUESTRA HUELLA DE CARBONO POR EL CONSUMO DEL MUNDO VIRTUAL.

Sobre la huella de carbono que generamos en la era digital, lo que implica y lo que podemos hacer para disminuir el impacto en nuestro ambiente.


Despertar, revisar Facebook, subir una historia en Instagram, ver uno o miles de videos en YouTube, mandar algunos mails, pedir un Uber, hacer una búsqueda en Google, reservar una habitación para el próximo viaje en Airbnb, ver una película en Netflix, enviar mensajes por Whatsapp, comer, dormir y repetir.

Estas y muchas otras actividades digitales que ahora asumimos como cotidianas traen consigo lo que podría ser el equivalente a las letras chiquitas de un contrato. Eso a lo que nunca prestamos atención pero no por ello deja de existir y que puede resultar más importante que el contrato mismo. En este caso, las letras chiquitas dicen: huella de carbono.

Podríamos pasar horas hablando de estadísticas realizadas por grandes compañías. Indicadores de cuántos datos digitales generamos y consumimos, pero esto podría no tener ningún sentido; algunos simplemente no nacimos con el don de las matemáticas o a otros, esas cifras tan generales no les dicen nada; lo importante es entender qué es lo que significan esas letras chiquitas.

Huella de carbono

La huella de carbono es un parámetro empleado para medir el total de gases de efecto invernadero emitidos por nosotros y el sistema que desarrollamos. Estos forman un combo de vapor de agua, metano, óxido nitroso, dióxido de carbono, y demás; se encuentran disueltos en la atmósfera constituyendo el aire en sus diferentes densidades y regulando de manera natural la temperatura de la tierra.

Sin embargo, el ser humano en muchas de las actividades realizadas a partir de la Revolución Industrial ha influido en la emisión específicamente del dióxido de carbono, contribuyendo de forma directa o indirecta al cambio climático. La fórmula es sencilla: la relación entre la concentración de este gas y el calor del planeta son directamente proporcionales.

Transporte, hogar y comida son los rubros con mayor huella de carbono individual ya que mucha de la energía utilizada en estos proviene de combustibles fósiles como el carbón o petróleo (Livia, A., 2020). El precio de la energía fósil en relación con la energía renovable aún tiene una brecha amplia lo que hace difícil el camino hacia la descarbonización.

¿Y todo esto cómo se relaciona con nuestros entornos digitales?

“Las emisiones generadas por las tecnologías digitales es del 4%, más que la aviación civil. Esto se duplicará para el 2025…” (The Shift Project, 2019.). Este porcentaje correspondía en el 2018 a las emisiones generadas por el transporte automovilístico (este último dato para que tengan una referencia contra la cual medir). Una cifra similar es mencionada por diferentes expertos, entre un 2 y 3% es el número adjudicado a las emisiones generadas por el uso de tecnologías digitales; desde atender una videollamada hasta controlar tu casa por medio de Internet de las Cosas.

Del total de esta huella de carbono un 45% se genera en la producción de todos nuestros gadgets, computadoras, televisores, celulares y otros. El restante se les atribuye a terminales, redes de comunicación y centros de datos -también llamados centros de procesamientos de datos- espacios que concentran toda la información que manejamos a diario. 

En resumen, el celular que tenemos en nuestras manos o la computadora desde la cual estamos leyendo este artículo ya tuvo su huella en el proceso de fabricación. A esto tenemos que sumarle ahora la que deja cuando abrimos nuestro navegador, hacemos una búsqueda en Google, viaja rápidamente hacia el centro de datos y regresa con la respuesta, por decirlo de una forma muy simplificada. Ahora imagínense lo que pasa cuando vemos nuestra serie favorita en Netflix. 80% del flujo de datos es para los videos Online: Video on Demand o streaming (Netflix, Amazon Prime, etc), pornografía, redes sociales y Youtube.

10 horas de video de alta definición comprende más datos que todos los artículos en inglés de Wikipedia en formato de texto.

The Shift Project, 2019

Lo que quiere decir esto es que toda esa información que generamos, aunque no la veamos ocupa un lugar en el espacio digital. Y consume una energía correspondiente al tipo de datos que estemos generando o consumiendo; como resultado de ello, deja una huella de carbono que repercute a gran escala. 

Ahora sí saquen la calculadora y hagan un poco de cuentas, Data Never Sleeps 7.0 dice que para el 2019 en 1 minuto hubo 4.5 millones de búsquedas en Google; casi 700 mil horas de reproducción en Netflix; 4.5 millones de videos reproducidos en YouTube; se enviaron 188 millones de mails; postearon 55 mil fotos y casi 280 mil historias en Instagram; se pidieron 10 mil viajes en Uber y se hicieron 1 millón 400 mil swipes en Tinder. Esto es tan solo una parte del consumo en entornos digitales, si consideramos que solo el 56 por ciento de la población tiene acceso a Internet.

Sobriedad digital

Y ante este panorama que no parece nada prometedor y potencializado por una pandemia que ha hecho que las cifras de consumo digital aumenten –tan solo Netflix reportó 16 millones de nuevos usuarios en los primeros meses del año, como consecuencia de la cuarentena. ¿Qué podemos hacer nosotros como individuos para reducir esta huella? La respuesta es: sobriedad digital, término acuñado por The Shift Project para hablar del uso de internet y de la tecnología de una forma mucho más consciente y responsable en lugar de cortarla por completo.

Hablar de sobriedad digital en una sociedad de consumo es bastante complejo. Estamos subidos en un tren que lleva mucha prisa: la inmediatez se ha apoderado de nosotros. La sensación de hiperconectividad nos mantiene con la cabeza inmersa en nuestras laptops y celulares. El miedo a perdernos algún acontecimiento; la vorágine laboral o social hace que el torrente de datos vayan y vengan de nuestros equipos a los centros de procesamiento. Y viceversa de manera infinita.

Debemos aprender a ordenar, priorizar nuestros recursos y a nivel individual ser más selectivos en el contenido que generamos y consumimos. Reducir el tamaño o la resolución de la información multimedia que creamos. Preguntarnos cómo podemos lograr los mismos beneficios, pero con la calidad óptima y no maximizada. Enviar correos a una sola persona y no a múltiples de forma innecesaria. No suscribirse a boletines informativos o darse de baja de aquellos que solo te llenan la bandeja de información irrelevante. Seleccionar efectivamente los mensajes de texto, correos a enviar y sus adjuntos.

Se estima que si cada adulto en el Reino Unido dejara de enviar un mail diciendo únicamente “Gracias”; se podrían salvar miles de toneladas de huella de carbono al año.

Otras acciones recomendadas son: darle prioridad al uso de la red de Internet sobre la red celular. Ver el contenido multimedia desde nuestras laptops o computadoras en lugar de las pantallas inteligentes. Descargar el contenido en tus dispositivos para verlos después en lugar de hacerlo en streaming.

No se trata de regresar al Ábaco. Finalmente estas tecnologías son necesarias para nuestro desempeño laboral y personal, y para la evolución del sistema en el que vivimos. Sin embargo, sí es importante leer las letras chiquitas y actuar para impulsar el cambio positivo. Así que la siguiente vez que vayas a compartir ese meme, pregúntate si es realmente necesario.



  • TEXTO: Ashby Solano

Fecha de Publicación:
Jueves 07/05 2020