UNA REFLEXIÓN SOBRE EL 8M, LA VIOLENCIA Y LOS PROCESOS PERSONALES DE QUIENES AÚN NO PUEDEN DENUNCIAR.
Violencia es una palabra que pesa y en marzo aparece con más fuerza en conversaciones públicas, medios y redes sociales. El 8M abre espacios para escuchar historias, compartir experiencias y mirar una realidad que muchas veces se intenta ocultar; en esos días se habla de marchas, de denuncias y de justicia, pero también aparecen recuerdos personales, emociones complejas y preguntas que no siempre encuentran respuesta.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del problema que viven muchas mujeres en México. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, el 70.1 % de las mujeres de 15 años o más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, ya sea física, psicológica, sexual o económica. Estos datos revelan que la violencia no es un hecho aislado sino una experiencia compartida por millones de personas, algo que atraviesa espacios laborales, familiares y sociales.

Sin embargo, detrás de esas cifras también existe otro dato que habla de silencio. Entre quienes han vivido violencia sexual o agresiones físicas, una gran parte decide no denunciar. Diversos estudios estiman que más del 90 % de los casos de violencia sexual no llegan a una denuncia formal o a una investigación, lo que muestra la enorme brecha entre lo que sucede y lo que se registra oficialmente.
Las razones son muchas y personales: miedo, desconfianza en las instituciones, revictimización, vergüenza o la cercanía con la persona agresora. A esto se suma la percepción de que los procesos legales pueden ser largos y dolorosos, además de la posibilidad de enfrentar cuestionamientos que terminan culpando a quien vivió la agresión. Por eso, cuando llega marzo y se intensifica la conversación alrededor del 8M, no todas las experiencias se viven desde el mismo lugar ni con la misma fuerza.
El peso del silencio
Cada año surge una narrativa que coloca en el centro a quienes denuncian públicamente o participan activamente en marchas y manifestaciones. Es una imagen poderosa y necesaria porque muchas de esas voces han logrado abrir debates urgentes sobre violencia, justicia y derechos; sin embargo, también existe otro grupo de personas que atraviesa su proceso de forma más silenciosa. Y está bien.
Muchas mujeres aún están intentando comprender lo que vivieron, otras siguen compartiendo espacios laborales o familiares con la persona que las agredió, y algunas simplemente buscan proteger su entorno cercano. En esos casos el silencio no siempre significa negación, sino una forma de procesar lo ocurrido sin exponerse a nuevas heridas.
El miedo al juicio social sigue siendo fuerte. Aún hoy aparecen preguntas que lastiman: por qué no hablaste antes, por qué seguiste en ese lugar, por qué no reaccionaste de otra forma. Esos cuestionamientos pueden generar dudas profundas, incluso hacer que una persona se pregunte si realmente fue violencia lo que experimentó o si tal vez está exagerando lo ocurrido.
Esa incertidumbre se instala lentamente en la mente y puede acompañar durante mucho tiempo. Las historias se repiten una y otra vez en pensamientos privados, generando culpa, enojo o tristeza. En ese contexto, el silencio puede convertirse en un mecanismo de defensa que permite continuar con la vida cotidiana mientras se intenta comprender lo sucedido.
Guardar silencio también puede responder a decisiones muy concretas. Proteger a la familia, evitar conflictos mayores o impedir que una situación escale a algo peligroso. En un entorno donde la justicia no siempre ofrece seguridad ni acompañamiento, muchas personas optan por cuidar su estabilidad emocional antes que iniciar un proceso incierto.

El 8M también puede ser íntimo
El 8M suele imaginarse como una jornada colectiva llena de calles ocupadas, pancartas y voces que se multiplican en una misma consigna; sin embargo, la experiencia de este día también puede ser íntima y muy personal. Para algunas personas la marcha representa un momento de fuerza compartida, pero para otras puede resultar abrumadora, especialmente cuando todavía están atravesando procesos emocionales delicados.
Escuchar historias de violencia sexual o leer testimonios puede abrir heridas que aún no han cerrado. Las redes sociales y los medios se llenan de información, cifras y relatos que recuerdan constantemente la dimensión del problema; frente a ese escenario, algunas personas prefieren tomar distancia para proteger su bienestar emocional.
Desconectarse por unos días, evitar noticias o reducir el tiempo en redes puede ser una forma saludable de autocuidado. El activismo no siempre sucede en espacios públicos ni requiere grandes gestos; a veces ocurre en momentos muy pequeños y personales, como hablar con una amiga cercana, compartir lo vivido con alguien de confianza o iniciar un proceso terapéutico.
Contar una historia en voz baja también puede ser un acto poderoso. No todas las experiencias necesitan convertirse en denuncias públicas para ser legítimas. En muchos casos, reconocer internamente que ocurrió violencia ya implica un paso importante dentro de un camino largo y complejo.
Cada proceso tiene su propio ritmo. Algunas personas necesitan tiempo para nombrar lo vivido, otras requieren distancia para poder observarlo con claridad. En una cultura que suele exigir respuestas inmediatas, aceptar que la sanación puede ser lenta y desigual resulta fundamental para construir espacios de empatía.

Cuidarse también es resistencia
Los movimientos feministas han abierto discusiones necesarias sobre violencia, justicia y reparación. Gracias a esas luchas hoy existen más herramientas para nombrar lo que antes permanecía oculto; también hay más espacios de acompañamiento, colectivos y redes de apoyo que buscan transformar la realidad de muchas mujeres.
Dentro de esa conversación, también es importante reconocer a quienes todavía no pueden denunciar. No hacerlo no significa aceptar la agresión ni restar importancia a lo vivido. Muchas veces implica evaluar riesgos, proteger la salud mental o simplemente esperar el momento adecuado para hablar.
Elegir el propio tiempo es una forma de autonomía. Algunas personas encontrarán fuerza en la denuncia pública, mientras otras preferirán sanar desde la privacidad de sus círculos cercanos. Ambas decisiones forman parte de un mismo proceso de resistencia frente a la violencia.
El 8M puede tener muchas formas: marcha, memoria, duelo o reflexión personal. También puede ser un día para reconocer que existen miles de historias que todavía no se cuentan y que cada una tiene su propio camino para transformarse en palabra.
Mientras ese momento llega, lo más importante es recordar que nadie atraviesa este proceso en soledad. Las experiencias compartidas, incluso cuando permanecen en silencio, forman parte de una conversación más amplia sobre justicia, cuidado y dignidad.
Porque al final, hablar cuando se esté listx es importante, pero también lo es reconocer que el silencio temporal puede ser una forma de protección. Sanar toma tiempo, requiere paciencia y acompañamiento, y muchas veces comienza con algo simple pero profundo. Avanzar un día a la vez.
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Texto: Redacción Coolhuntermx
Fotos: Vanessa Flores
Fecha de Publicación:
Sábado 07/03 2026
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