CANTAGALLO, LA COMUNIDAD SHIPIBO KONIBO QUE RESISTE EN EL CORAZÓN DE LIMA Y REESCRIBE LA CIUDAD DESDE EL ARTE Y LA MEMORIA
Este texto llevaba meses en el tintero. No por falta de intención, sino porque a veces el tiempo exige pausa y reflexión. Visitamos Cantagallo en octubre de 2025, mientras nos reuníamos para generar comunidad y propiciar espacios que imaginen futuros desde el Sur Global. Lo que vivimos ahí se quedó con nosotrxs.
Hoy le damos salida con una urgencia distinta. En el contexto latinoamericano actual, una región convulsionada que nos confronta día a día, se vuelve indispensable imaginar y construir otras posibilidades. Cantagallo no fue solo un lugar que recorrimos; fue una experiencia que nos recordó por qué seguimos contando historias desde este lado del mundo.

Cantagallo es una comunidad Shipibo Konibo enclavada en el centro de Lima, entre Rímac y Barrios Altos. Un territorio que resiste y construye memoria desde el núcleo de la ciudad. Llegar ahí fue entender que la presencia indígena en lo urbano no es un accidente ni una excepción, sino parte de una historia más amplia de desplazamientos, desigualdad territorial y resistencia cultural. En ese sentido, Cantagallo dialoga con México y con la forma en que muchas comunidades han migrado hacia las capitales para sobrevivir sin soltar su identidad. También conecta con las tensiones entre ciudad y territorio, entre modernidad y memoria, entre lo que se celebra en los discursos y lo que se abandona en la práctica.
Llegar a Lima como acto político
Aldo Alfaro, cofundador de la asociación Yawar, nos guió en el recorrido y nos habló del origen de Cantagallo. A inicios de los dosmiles, varias familias viajaron desde Ucayali, empujadas por la violencia y los efectos del cambio climático. Sin redes, sin vivienda y sin garantías, se asentaron en un terreno baldío que antes fue un vertedero de desmonte. Más de veinte años después, Cantagallo sigue ahí, pero no como una comunidad “integrada” al paisaje urbano, sino como un territorio que sostiene su propia lógica cultural. La vida cotidiana se articula desde el vínculo comunitario, con mujeres que lideran procesos, niñxs que aprenden su idioma originario y una iconografía Shipibo Konibo que permanece visible, incluso cuando la ciudad insiste en volverla invisible.
El arte como archivo vivo
Nos recibieron con una danza. Tres generaciones de mujeres, guiadas por madres y acompañadas por la mirada de las abuelas, nos dieron la bienvenida como un gesto de presencia y memoria viva. Sus vestidos, bordados con patrones que narran visiones, sueños y linajes, se movían en contraste con el polvo y el ruido que forman parte del paisaje cotidiano de muchas ciudades latinoamericanas.
Caminar por Cantagallo fue entender que aquí el arte no está separado de la vida. Las casas pintadas con geometrías Shipibo Konibo no son decoración, son lenguaje y archivo. Una forma de sostener identidad en un entorno que insiste en homogeneizar. Cada trazo funciona como una afirmación colectiva, una manera de decir «Aquí estamos».
Lxs artistas nos contaron que muchas piezas nacen de visiones reveladas durante rituales de ayahuasca, no como una búsqueda estética, sino como un proceso espiritual y de conexión con la naturaleza. Bordar y pintar no es solo crear belleza. Es sanar, recordar y reconciliarse con la vida. En cada taller fue evidente algo importante; los diseños no se copian ni se repiten. Son únicos porque pertenecen a una experiencia única, a una memoria situada.
Lo que sigue siendo urgente
Cantagallo no es una postal. Es una comunidad que enfrenta desafíos estructurales y profundamente concretos. La falta de un sistema de alcantarillado eficiente, la exposición constante a la contaminación, la fragilidad económica, el acceso desigual a la educación continua y el abandono institucional sostienen un escenario que pone en riesgo su bienestar todos los días. En 2016, un incendio marcó un punto de quiebre y detonó una respuesta colectiva. De esa pérdida nació la única escuela intercultural bilingüe de Lima, un acto de resistencia frente al olvido donde lxs niñxs aprenden su idioma, cantos y valores comunitarios, además de la currícula escolar.

Esta experiencia también nos dejó preguntas que no tienen respuestas rápidas, pero sí una urgencia ética. ¿Cómo acompañar sin apropiarse? ¿Cómo apoyar sin convertir su cultura en consumo? ¿Cómo mirar sin invadir? Preguntas que resuenan al pensar en México, donde hemos visto cómo el arte indígena se vuelve tendencia mientras las condiciones materiales de muchas comunidades siguen precarizadas. Publicar este texto también es insistir en algo básico. No basta con admirar. Hay que reconocer, escuchar y actuar con responsabilidad.
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Texto: Ceci Palacios
Fotos: Andrés Kishimoto
Fecha de Publicación:
Miércoles 07/01 2026
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