JUMKO OGATA NOS EXPLICA CÓMO EJERCER UN ACTIVISMO GENUINO EN ENTORNOS DIGITALES: LA IMPORTANCIA DE LA EMPATÍA, EL SILENCIO CONSCIENTE Y EL PODER DE LAS IDEAS FRENTE AL AVANCE DE DISCURSOS DE ODIO Y POSTURAS ANTI-DERECHOS EN REDES SOCIALES
Cuando pensamos en activismo suelen venir a nuestras mentes imágenes de marchas, protestas en las que se toma el espacio público para llamar la atención acerca de la injusticia social. Pensamos en carteles, en la re-apropiación del espacio público por personas que han sido históricamente violentadas, precisamente en estos espacios. Las actividades de protesta, vinculación y organización gestionadas de forma presencial son fundamentales, pero ¿qué otras formas existen de concientizarnos y tomar el espacio público (por ejemplo, en el ciberespacio)?
La migración de diversas formas de organización, trabajo y concientización hacia el entorno digital ha permitido la creación de comunidades a una escala mucho mayor. El acceso a redes de solidaridad e información a través de las plataformas sociales ha transformado —para bien o para mal— la forma en la que entendemos y ejercemos el activismo. En momentos de crisis recientes, las redes sociales habían funcionado como espacios clave para articular redes de apoyo mutuo: se ha brindado ayuda a personas en situación de vulnerabilidad, se han organizado esfuerzos colectivos para conseguir insumos médicos y se han difundido alertas sobre fraudes o servicios falsos.
El doble filo de las redes sociales
Por otro lado, también se intensificaron los discursos de odio hacia poblaciones minorizadas, así como el auge de teorías de conspiración que promovieron narrativas paranoicas y alimentaron la llamada “posverdad”. La difusión de desinformación provocó, entre otras cosas, la promoción de tratamientos sin sustento científico y la proliferación de ideas que desacreditan la evidencia y fomentan la desconfianza en las instituciones.
Estas mismas lógicas fueron apropiadas por la derecha en México, generando una fuerte retórica en redes sociales alimentada por el uso de bots y discursos polarizantes. Si bien, se visibilizaron casos de violencia sistémica y se tuvieron discusiones sobre estos temas públicamente, también es cierto que estas conversaciones fueron dirigidas principalmente a través de la mirada de los privilegiados; en lugar de ceder espacio para que se hablara acerca de las dinámicas de la violencia sistémica, se favoreció el formato de debate.
En lugar de reconocer la importancia que tienen las luchas por los derechos humanos de personas pertenecientes a grupos históricamente marginados y violentados, se prefirió dar espacio a estas personas para “debatir” y prácticamente justificar su derecho a existir. A quienes señalan/señalamos se nos acusa de “resentidos”, como si fuera vergonzoso para quienes hemos sufrido el peso de la violencia sistémica. Pero, ¿por qué no lo estaríamos? Si no tenemos acceso a las mismas oportunidades, si nuestra vida se ve amenazada ante cualquier sospecha de la gente “bien”, si las únicas veces que nos vemos reflejadxs en el cine y la televisión nos retratan como delincuentes o degeneradxs.
¿Activismo protagónico?
Ahora que las luchas por los derechos humanos están “de moda”, muchas personas que históricamente han gozado de privilegios buscan hablar del tema, cuestionarse y deconstruirse. En sí mismo, esto no representa un problema; lo problemático es el afán de protagonismo que a menudo acompaña estos intentos de deconstrucción. Parece que, para solidarizarse con causas ajenas, sienten la necesidad de convertirse en el centro de la lucha y de recibir constante reconocimiento por involucrarse en una causa que consideran noble. Incluso hay quienes se frustran cuando esto no sucede, y pierden rápidamente el impulso que los llevó a apoyar dichas luchas, justamente porque sus contextos privilegiados les han enseñado que sus opiniones deben ser incuestionables y aceptadas como verdades absolutas.
Así, cuando se les cuestiona sobre los discursos que reproducen, se les señala su desconocimiento o se les invita a no acaparar la conversación, suelen reaccionar con agresividad y condescendencia. Como último recurso, tienden a descalificar o minimizar la importancia del discurso y del trabajo de concientización en redes sociales, volviendo al argumento del “resentimiento” como deslegitimación.
Entonces, ¿cómo navegar los discursos en redes sociales y, sobre todo, cómo apoyar genuinamente a los movimientos por los derechos humanos?
Algunos pasos a seguir
En primer lugar, es importante acercarse a cada tema con empatía y con una verdadera disposición a aprender. No se trata de demostrar que ya se leyó a cierto autor o que se domina determinada teoría, sino de escuchar a quienes han vivido violencia sistémica y comprender cómo prefiere cada comunidad ser nombrada, referida y qué propuestas tienen para apoyar su causa.
Asimismo, es fundamental reconocer cuándo es importante hablar y cuándo es necesario guardar silencio. Este punto puede parecer obvio, pero en un entorno tan ruidoso como internet, a veces sentimos que debemos opinar sobre todo lo que sucede a nuestro alrededor, sin considerar el nivel de conocimiento que tenemos (o no) sobre el tema, si nuestra voz realmente aporta a la discusión, si estamos escuchando a las personas directamente involucradas o si simplemente estamos hablando desde un lugar de privilegio.
Por último, no hay que subestimar el poder que tienen las ideas compartidas en internet y el activismo digital. Muchas voces influyentes de los movimientos de derecha, tanto en México como en otros países, han ganado popularidad a través de videos virales, canales de YouTube o perfiles en redes sociales que difunden prejuicios y discursos de odio. Estas narrativas no se quedan en el entorno digital: trascienden a otros medios, moldean la opinión pública y, en muchos casos, influyen en personas con poder de decisión, como legisladores. Así, se convierten en plataformas políticas que promueven posturas anti-derechos, como el odio hacia personas migrantes, el racismo, la misoginia, la transfobia o la homofobia.
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Los discursos son importantes porque son las herramientas a través de las cuáles se comienza a deshumanizar al otrx, donde se le construye como inferior y se justifica cualquier violencia ejercida en su contra. A través de la palabra es que nos respondemos a la agresión que suponen las palabras que nos impusieron para describirnos. Nos re-apropiamos de los términos y creamos otros nuevos para narrarnos de manera digna y construir la realidad que el discurso nos permite articular.
¿Tú qué opinas del activismo actual?
Nota originalmente publicada en enero 2022
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