LOS TRES LIBROS RETRATAN A AFICIONADOS, COMERCIANTES, PROGRAMADORES. LA GENTE QUE VIVE DE, POR Y PARA LA LUCHA LIBRE. DESDE EL CRONISTA QUE LE TIRA A LA CARTELERA DE LA SEMANA HASTA LA SEÑORA QUE PRESTA SU CASA PARA QUE LOS LUCHADORES DUERMAN DURANTE UNA GIRA

Si hablamos de objetos que representen la mexicanidad, la máscara de lucha libre está a la par del mariachi, el tequila y la playera de la selección de fútbol. Desde el cine hasta las instalaciones artísticas, el deporte espectáculo ha sido representado en diversos medios artísticos y culturales. En ese sentido, la literatura no es la excepción. Varios libros han narrado no sólo lo que ocurre arriba de un ring, sino las historias de quienes viven de la lucha.

El salto a la literatura infantil y juvenil

Estas inquietudes pasaron, a inicios del siglo XXI, a la literatura infantil y juvenil (o LIJ, pues). Empezaron a publicarse comics y libros, pensados para infancias, que aprovecharon los temas del mundo del pancracio para contar historias de superación, amistad o valor. Ejemplos de ello son Mi abuelo el luchador (Antonio Ramos Revillas) o Viento Estelar (Ana Cristina Ortega Gutiérrez). También sería importante mencionar comics como The Masked Republic Luchaverse (Marco López e Iván Plaza) o Místico. El príncipe de plata y oro (Varios Autores).

Diego Mejía Eguiluz: Entre el ring y la edición

Pero de todos los ejemplos posibles, el trabajo que más me gusta es el de Diego Mejía Eguiluz. Pocas personas saben tanto de lucha libre como Diego. Trabajó varios años en arenas haciendo transmisiones y escribió para la revista Box y Lucha y el sitio The Gladiatores. Además, ha sido editor de LIJ por muchos años.

Por eso, cuando salió la oportunidad de publicar una trilogía infantil de lucha libre, no pudo haber alguien más apropiado para escribir la historia del Conde Alexander. Así nacieron ¡Primera caída! (2018), Muerde el polvo (2019) y Máscara vs. Máscara (2019), la trilogía de El enmascarado de terciopelo.

Un rudo que no encaja en el molde

En los tres libros seguimos al Conde Alexander. Él escribe, por encargo de una editora, su recorrido por el mundo del pancracio como el mejor rudo de todxs. Sólo que hay un pequeño detalle: es un buen tipo. No es un patán, no es un macho; es amable y sensible. Por eso lo apodan “el enmascarado de terciopelo”. Ese contraste podría hacerlo el blanco de burlas. Tal como le ocurrió en la primaria, donde sufrió el bulling del Pecas, que no dejaba de llamarlo gallina.

Rivalidades, infancia y entrenamiento

Como si la vida de rudo no fuera difícil por sí sola, el camino del Conde Alexander se cruza con el de Golden Fire. Es su némesis en más de un sentido. Para empezar, ambos son entrenados por niñxs. Sí, por niñxs. Vladimir por la esquina ruda y Karla por el bando técnico. La existencia de estos dos personajes permite la introducción de temas cercanos al perfil lector del sello. Y, la verdad, es divertido ver los conflictos entre ambos.

Esos pleitos se trasladan a sus pupilos y se manifiestan en el ring. No sólo por el bando al que representan, rudo o técnico, sino por sus estilos. Golden Fire corre, ama rebotar en las cuerdas y volar. Le encanta la lucha aérea de acrobacias imposibles y que se hace viral en las redes. Nuestro protagonista, por otro lado, está chapado a la antigua. Para él, un luchador debe tener un físico imponente, llegar con traje a la arena y dominar la lucha clásica. La lucha libre es el arte del llaveo y contrallaveo, no hay espacio para lagartijas voladoras.

Entre lo clásico y lo viral

Esa distinción es un acierto de Mejía Eguiluz. Los dos personajes representan visiones diferentes, actuales, de cómo pensamos, y consumimos, el deporte-espectáculo. Hay quienes disfrutan ver el highlight en redes sociales. Para eso, nada mejor que un lance hacia afuera del ring, un salto desde la tercera cuerda, un azotón que rompa una mesa.

Pero también hay quien prefiere, me incluyo, la dificultad técnica de la lucha a ras de lona. Hay arte en aplicar una cruceta, en salir de un cangrejo para aplicar otro castigo. Ambas miradas son complementarias, su mezcla es la lucha libre mexicana. Y la trilogía presenta unos luchones que mejoran conforme nos acercamos al final.

La apuesta final: Máscara contra máscara

Ese final es, por supuesto, una lucha de apuestas. Máscara contra máscara. No hay nada mejor que eso en la tradición mexicana. Esa estructura narrativa de rivalidad, básica en la programación de la lucha libre, guía los libros de Mejía Eguiluz.

Sin embargo, eso estaría incompleto si no nos dejara ver a uno de los personajes centrales el pancracio: el público. Los tres libros retratan a aficionados, comerciantes, programadores. La gente que vive de, por y para la lucha libre. Desde el cronista que le tira a la cartelera de la semana hasta la señora que presta su casa para que los luchadores duerman durante una gira. Todxs están aquí, tienen su momento de brillar.

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La del enmascarado de terciopelo es, entonces, una historia del amor a la lucha libre. Una con la que cualquier infancia, y cualquier persona lectora, se puede emocionar. Porque en el ring, en ese encordado de seis por seis, se puede condensar el mundo entero.


Fecha de Publicación:
Lunes 27/04 2026