¿ESTAMOS CONSUMIENDO PARA COMPRENDER ESTRUCTURAS DE PODER O PARA ADMIRAR LA ESTÉTICA DEL CAPO? ¿LA NARRATIVA VISIBILIZA A LAS VÍCTIMAS O DESPLAZA EL FOCO HACIA LA FIGURA CARISMÁTICA DEL CRIMINAL? ¿LOS NARCOBLOQUEOS SON NOTICIA O ESPECTÁCULO REPETIDO HASTA LA NORMALIZACIÓN?
Hoy, 22 de febrero, tras el anuncio del abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho” y señalado como líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, varias ciudades del occidente del país amanecieron con una escena que, lamentablemente, se ha vuelto recurrente; vehículos incendiados, carreteras bloqueadas, transporte público suspendido y escuelas cerradas.
Los llamados narcobloqueos reaparecieron como mecanismo de reacción inmediata. Más que actos aislados, operan como mensaje y demostración de fuerza. La violencia convertida en comunicado. El espacio público transformado en escenario donde se disputa el control simbólico y territorial.
Lo que queda es una sensación conocida. La interrupción abrupta de la vida cotidiana y la confirmación de que, en ciertos territorios, el conflicto no solo se vive, sino que también se escenifica y se acuerpa.
Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, México ha registrado en los últimos años más de 30 mil homicidios dolosos anuales. Tan solo en 2023 se contabilizaron más de 29 mil. Jalisco, Michoacán y Guanajuato figuran entre los estados con mayor incidencia.
Cada operativo de alto perfil detona reacciones coordinadas que paralizan ciudades enteras. El narco no solo disputa territorios, disputa narrativa. Y ahí es donde este análisis entra en escena.
¿Cómo llegó el narco a los libros mexicanos?
La narcocultura comenzó a filtrarse en México desde los años sesenta, primero como relato oral y corrido. En 1962, Antonio Nacaveva publicó Diario de un narcotraficante, uno de los primeros intentos por fijar en papel esa figura que ya circulaba como leyenda.
Durante décadas, lxs autorxs de la frontera enfrentaron dificultades de distribución. Publicaban en editoriales locales, quedaban fuera del radar de la crítica y de los grandes circuitos comerciales. Pero el fenómeno creció. En 2013, la serie televisiva El señor de los cielos llevó la estética del capo a millones de pantallas. Con 2,8 millones de espectadores en su estreno, el personaje de Aurelio Casillas convirtió al narcotraficante en protagonista aspiracional.
Para 2014, libros sobre narcotráfico ya figuraban entre los más vendidos de Amazon México, como Los señores del narco, de Anabel Hernández, un trabajo periodístico que documenta redes de corrupción y complicidades de alto nivel.
La fascinación estaba instalada. El mercado respondió. Y la crítica también.



Yuri Herrera y el desplazamiento del foco
En 2004, Yuri Herrera publicó Trabajos del Reino, ganadora del Premio Binacional de Novela. Nacido en Hidalgo en 1970, Herrera se insertó en lo que algunxs críticxs llamaron el “eje narrativo del norte”, centrado en historias de migración y narcotráfico.
Pero su apuesta fue distinta. En Trabajos del Reino, la figura central no es el capo, sino Lobo, un cantante que abandona la cantina para integrarse a la corte del “Rey”. El palacio funciona como metáfora del poder, un espacio donde el lenguaje, la lealtad y la violencia se entrelazan bajo una lógica casi monárquica.
En 2004, publicó Trabajos del Reino, ganadora del Premio Binacional de Novela. Nacido en Hidalgo en 1970, Herrera se insertó en lo que algunos críticos llamaron el “eje narrativo del norte”, centrado en historias de migración y narcotráfico.
Pero su apuesta fue distinta. En Trabajos del Reino, la figura central no es el capo, sino Lobo, un cantante que abandona la cantina para integrarse a la corte del “Rey”. El palacio funciona como feudo, con bruja, princesa y rituales de lealtad. Herrera nunca utiliza la palabra “narco”. El crimen organizado se vuelve alegoría. Poder puro, sin marca registrada.
La novela ayudó a reorientar el eje narrativo mexicano hacia el norte del país, pero también planteó otra pregunta: ¿es posible narrar el narco sin glorificarlo?
Yuri aborda el mismo tema que otrxs autorxs, pero desde un lugar de mayor cuidado. En un país donde hoy los narcobloqueos interrumpen clases y transporte público, esa diferencia no es menor.
Glorificación vs. Daño colateral
La narcocultura no es solo literatura. Es música, series, moda, turismo. Tras la captura de Joaquín Guzmán en 2014, surgieron los llamados narco tours en Mazatlán. El estigma se transformó en curiosidad. La tragedia se volvió atracción.
La ficción, sin embargo, tiene matices. En Perras de Reserva de Dahlia de la Cerda, trece cuentos exploran la violencia y la marginalidad desde voces femeninas que se asumen sicarias, brujas o herederas del narco. El tono es directo, con humor negro y lenguaje coloquial. Aquí no hay glamour limpio. Hay cuerpos precarizados, rabia acumulada, ironía como escudo.
En Tres cruces de Alejandro Paniagua, una niña juega en una narcofosa. La imagen rompe cualquier fantasía heroica. El narco deja de ser camioneta blindada y corrido pegajoso para convertirse en tierra removida y silencio.
Estas obras tensionan la narrativa dominante. Mientras algunas producciones audiovisuales convierten al capo en antihéroe seductor, otras escrituras muestran la fractura íntima, madres buscando desaparecidxs, niñas creciendo entre fosas, jóvenes atrapadxs en economías sin salida.
Narcobloqueos como performance del poder
Los narcobloqueos tras la muerte de “El Mencho” no son solo actos tácticos. Son escenificaciones. Queman autobuses en avenidas visibles. Difunden videos. Circulan rumores. El mensaje es claro, aunque el líder caiga, la estructura permanece.
Aquí la narrativa y la realidad se retroalimentan. La ficción puede romantizar la lealtad al “Rey”, pero en la vida cotidiana esa lealtad significa escuelas cerradas, trabajadores varados, miedo colectivo.
Orfa Alarcón lo sintetiza en una frase: “La ficción nos ayuda a entender que aquellos no son tan lejanos, que los otros no son tan aquellos”. El riesgo es cuando esa cercanía se convierte en fascinación acrítica.
¿Qué estamos consumiendo cuando consumimos narco?
En el contexto de México 2026, con más de 100 mil personas desaparecidas registradas oficialmente y regiones enteras atravesadas por disputas criminales, la pregunta no es si se debe escribir sobre el narco. La pregunta es cómo.
Sería ridículo estar en contra de que los asuntos del narcotráfico aparezcan en la ficción. Como el secuestro, la trata de blancas, los desaparecidos, la corrupción judicial y política o la pobreza, el tráfico de drogas forma parte de la realidad mexicana, y como tal está llamado a hacerse un sitio en las representaciones de la ficción presente y futura.
¿Estamos consumiendo para comprender estructuras de poder o para admirar la estética del capo?
¿La narrativa visibiliza a las víctimas o desplaza el foco hacia la figura carismática del criminal?
¿Los narcobloqueos son noticia o espectáculo repetido hasta la normalización?
Tras la muerte de “El Mencho”, el país vuelve a debatirse entre la celebración del golpe estratégico y el temor por la reacción inmediata. La literatura mexicana ha mostrado que es posible narrar el fenómeno desde la complejidad, sin caer en la épica fácil.
Quizá el verdadero trabajo del reino, en este momento, sea el de lxs lectores. Elegir qué historias amplificamos. Preguntarnos qué héroes estamos fabricando. Y recordar que detrás de cada mito hay una estadística, y detrás de cada estadística, una vida interrumpida.
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Texto: María Fernanda Carmona
Fotos: Cortesía
Fecha de Publicación:
Domingo 22/02 2026
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