MIENTRAS EL NAHUAL FORMA PARTE DE UNA COSMOVISIÓN ORIGINARIA ESTRUCTURADA, COMUNITARIA Y RITUAL, EL THERIAN CONTEMPORÁNEO SUELE CONSTRUIR SU IDENTIDAD DESDE LO INDIVIDUAL Y LO DIGITAL. UNO NACE DE LA TRADICIÓN COLECTIVA. EL OTRO DE LA SUBJETIVIDAD EN RED
En México, hablar de personas que sienten una identidad profunda con un animal no debería sorprendernos tanto como parece. Antes de que TikTok mostrara jóvenes con colas de lobo o máscaras de zorro reclamando su “teriotipo”, ya existía en este territorio una conversación antigua sobre la frontera porosa entre lo humano y lo animal. No nació en internet. Nació en la milpa, en la sierra, en el sueño.
Hoy el fenómeno de los therians circula en redes globales. Pero en México resuena con una memoria distinta: la del nahual.
¿Qué es un therian y por qué aparece ahora?
El término therian proviene de therianthropy, del griego therion y anthropos, bestia y humano. Desde los años noventa, foros digitales en Estados Unidos y Europa comenzaron a agrupar a personas que afirmaban experimentar una identidad interna no humana. No se trata, según la propia comunidad, de un juego ni de una estética como la subcultura furry (movimiento social centrado en el interés por los animales antropomórficos), sino de una vivencia íntima de sentirse, en algún nivel psicológico o espiritual, lobo, gato, zorro, ave.
Estos movimientos suelen aparecer en momentos de crisis identitaria colectiva. En contextos donde la identidad humana se percibe fragmentada por la tecnología, la violencia o la hiperconectividad, algunas personas buscan anclajes simbólicos más primarios. El animal representa instinto, claridad, pertenencia.
El auge de los therians coincide con una generación que creció en pantallas y que encuentra comunidad en algoritmos. Pero el impulso no es nuevo. Las culturas prehispánicas ya lo cuestionaban.
¿Qué es un nahual?
En Mesoamérica, la figura del nahual aparece documentada desde la época prehispánica. La palabra proviene del náhuatl nāhualli, asociada a lo oculto, lo transformable. Diversos estudios del Instituto Nacional de Antropología e Historia señalan que en múltiples pueblos originarios existía la creencia de que cada persona tenía un vínculo espiritual con un animal. No era metáfora. Era destino compartido.
En regiones como Oaxaca, el nahual sigue vivo en relatos comunitarios. No necesariamente como un “hombre que se convierte en jaguar” al estilo fantástico occidental, sino como una relación energética entre persona y animal protector. El tono y el nahual formaban parte de una cosmovisión donde el ser humano no estaba separado de la naturaleza, sino tejido a ella.
El antropólogo Alfredo López Austin describía esta dualidad como una estructura ontológica mesoamericana, el cuerpo visible y el cuerpo anímico coexistiendo. El animal no era disfraz. Era extensión.
De los desiertos de Sonora a la cultura pop
En 1968, el libro Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda llevó la figura del nahual al imaginario global. En el texto, el protagonista narra sus aprendizajes con un chamán yaqui y describe experiencias inducidas por peyote en las que su percepción se transforma radicalmente, incluyendo la sensación de convertirse en cuervo.
El libro fue celebrado y cuestionado por igual. Para algunxs académicos, su valor etnográfico es debatible. Para otrxs, abrió una conversación sobre estados alterados de conciencia y metamorfosis simbólica. Más allá de su veracidad literal, dejó instalada la idea de que la identidad puede desplazarse, expandirse, adoptar forma animal.
Aquí aparece el paralelismo delicado. Mientras el nahual forma parte de una cosmovisión originaria estructurada, comunitaria y ritual, el therian contemporáneo suele construir su identidad desde lo individual y lo digital. Uno nace de la tradición colectiva. El otro de la subjetividad en red.
¿Es lo mismo un therian que un nahual?
No. Y decir que lo son sería simplificar dos fenómenos complejos.
El nahual implica una estructura espiritual integrada en sistemas rituales, calendarios, medicina tradicional y jerarquías comunitarias. Es una pieza dentro de una cosmología completa.
El therian, en cambio, surge en sociedades secularizadas donde la identidad es un proyecto personal. Algunxs psicólogxs señalan que muchas identidades therian pueden entenderse como narrativas simbólicas que ayudan a procesar emociones, traumas o sensación de extrañamiento. No necesariamente es una creencia delirante. Puede ser una metáfora identitaria.
En ese sentido, el therian no “hereda” un animal. Lo descubre, lo nombra, lo performa. El nahual no se elige en Instagram. Se revela en el tejido cultural.
La incomodidad en las cabezas y pieles de animal ¿Gesto o contexto?
Algo interesante es que en múltiples culturas, algunas de las más antiguas, se presentan estas figuras de humanos con cabeza o pieles de animal. En Egipto, deidades como Anubis eran representadas con cuerpo humano y cabeza de chacal. Esa hibridación no provocaba escándalo; era sagrada. La figura condensaba atributos espirituales y cósmicos.
En Mesoamérica, los mexicas formaron órdenes como los guerreros jaguar y los guerreros águila, cuyos atuendos incorporaban pieles y formas animales. No era espectáculo. Era estructura simbólica del poder y del mundo. El jaguar no era disfraz. Era metáfora de fuerza y dominio ritual.
Siglos después, la Danza del Venado, practicada por el pueblo yaqui en Sonora, mantiene esa lógica. El danzante porta la cabeza del venado y encarna su movimiento. No imita por diversión. Representa una relación espiritual con la naturaleza y la caza. El cuerpo humano se convierte en puente.
En la comunidad de San Miguel Ajusco, un pueblo fundado en 1531, también existe La danza de los lobitos, donde el personaje central, con un traje que simula a un felino, realiza acrobacias mientras es controlado por dos figuras campesinas a través de cuerdas. Los sombreros de paja y vestimentas sencillas resaltan el carácter rural de la escena, mientras que las cuerdas sugieren la captura y el dominio del animal.

Entre algoritmo y ancestralidad
No se trata de romantizar ni de ridiculizar. Se trata de entender. Vivimos en ciudades que arrasaron con el monte, en ecosistemas rotos, en una cultura que separó la razón del instinto como si fueran enemigos. Y, sin embargo, una generación entera vuelve a hablar de colmillos, garras, vuelo, manada. ¿Es escapismo? ¿Es performance? ¿Es una forma simbólica de sobrevivir a la fragmentación contemporánea?
En las comunidades indígenas, el nahual no implicaba huir de lo humano, sino comprender que lo humano nunca estuvo solo. Era interdependencia. Era responsabilidad con el territorio. Era saber que el jaguar y el campesino compartían destino.
Entonces la pregunta se afila. Si hoy jóvenes urbanos sienten que su identidad no cabe en la palabra “persona”, ¿qué dice eso de la cultura que heredaron? Si el algoritmo se convirtió en oráculo, ¿qué tipo de espiritualidad está apareciendo? Y más inquietante aún, ¿estamos presenciando una apropiación superficial de lo ancestral o un eco inconsciente de memorias culturales que nunca desaparecieron del todo?
México, con su tradición de nahuales, tonales y transformaciones chamánicas, ofrece un marco crítico privilegiado para analizar este fenómeno sin exotizarlo. Aquí sabemos que el límite entre humano y animal siempre fue más narrativo que biológico.
Quizá la pregunta no es si alguien puede sentirse lobo. La pregunta es por qué seguimos necesitando al lobo para explicarnos.
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Texto: María Fernanda Carmona
Fotos: Cortesía
Fecha de Publicación:
Martes 17/02 2026
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