LOS EFECTOS NO SIEMPRE SON INMEDIATOS, PERO SÍ CONSISTENTES. HAY LISTAS DE ESPERA DE HASTA 200 PERSONAS, SE PRESENTA UNA DISMINUCIÓN DE CONFLICTOS EN ALGUNOS MÓDULOS, ADEMÁS DE QUE HAY VÍNCULOS QUE COMIENZAN A TRANSFORMARSE

En México el castigo ha sido históricamente la respuesta dominante. En este sistema, con muchos años de trabajo previo, está Yoga en Prisiones México, una organización que trabaja dentro de centros penitenciarios llevando prácticas de yoga sensible al trauma y procesos de justicia restaurativa a personas privadas de la libertad.

Lejos de una lógica asistencialista o de discursos sobre “reinserción”, su apuesta parte del cuerpo como un lugar desde el cual procesar el daño, regular las emociones y abrir posibilidades de transformación, incluso en contextos donde muchas veces todo parece operar en sentido contrario.

El proyecto fue impulsado en México por Luisa Pérez, abogada y defensora de derechos humanos, quien encontró en el yoga una herramienta para trabajar desde otro lugar con poblaciones en contexto de encierro. Actualmente, la organización es dirigida por Ana Pereira, y cuenta con un equipo interdisciplinario.

Para entender cómo se vive este trabajo desde dentro, conversamos con Amairani Méndez, quien forma parte del equipo como coordinadora de programas y facilitadora. Desde su experiencia, se encarga de articular procesos con autoridades, coordinar a facilitadores y, sobre todo, sostener espacios dentro de prisión donde el cuerpo puede, por un momento, dejar de estar en alerta constante.

De Estados Unidos a México: Una metodología que se transforma

El origen del proyecto se remonta a 2002, cuando James Fox desarrolla un programa de yoga dentro de prisiones en Estados Unidos. Sin embargo, su llegada a México en 2017 no fue una simple réplica, sino una adaptación profunda al contexto local.

Un punto clave en esta evolución fue el acercamiento de Luisa Pérez a Dave Emerson y Bassel van der Kolk, autor de el libro El cuerpo lleva la cuenta, que plantea cómo el trauma no solo se procesa desde la mente, sino también desde el cuerpo. A partir de ahí, el proyecto integró herramientas del Center for Trauma and Embodiment, desarrollando una metodología propia de yoga sensible al trauma aplicada a contextos de encierro en México.

Más allá del castigo: Entender el contexto

Hablar de prisiones en México implica enfrentarse a una lógica punitiva profundamente arraigada. Un sistema que castiga, pero que rara vez transforma.

Desde dentro del proyecto, esta visión se cuestiona constantemente. “¿Qué hay en prisión si no es trauma?”, plantea Amairani. La pregunta no busca justificar, sino complejizar. Muchas de las personas privadas de la libertad comparten historias atravesadas por violencia, exclusión y abandono. Entender eso permite abrir una conversación distinta, no solo sobre lo que hicieron, sino sobre lo que han vivido.

¿Cómo se practica yoga en prisión?

Las sesiones dentro de prisión se alejan completamente de la imagen tradicional del yoga. No hay términos en sánscrito. No hay exigencia de perfección. No hay imposición. Todo se construye desde un lenguaje invitacional.

Las clases comienzan con notar el cuerpo. A partir de ahí, se integran movimientos, respiración y ejercicios enfocados en regular el sistema nervioso.

En un entorno donde casi todo es obligatorio, la posibilidad de elegir —participar, descansar o incluso salir del espacio— se convierte en una forma de recuperar agencia.

Lo que sucede cuando el cuerpo encuentra espacio

Los efectos no siempre son inmediatos, pero sí consistentes. Hay listas de espera de hasta 200 personas, se presenta una disminución de conflictos en algunos módulos, además de que hay vínculos que comienzan a transformarse.

En un centro en Oaxaca, por ejemplo, un grupo considerado conflictivo dejó de pelear y terminó facilitando prácticas para otros internos. No como una solución mágica, sino como un proceso sostenido.

Círculos de paz: La justicia se vuelve diálogo

Además del yoga, la organización ha incorporado prácticas de justicia restaurativa mediante círculos de paz. Estos espacios permiten que las personas reflexionen sobre sus acciones, comprendan el daño causado y participen en procesos simbólicos de reparación.

Son procesos largos —de hasta seis meses— que combinan diálogo y trabajo corporal, ampliando la mirada más allá del castigo.

Formar desde dentro: Una apuesta a largo plazo

En 2026, el proyecto dio un paso importante con la creación de un programa de certificación para personas privadas de la libertad.

Actualmente, 25 participantes se están formando como instructorxs de yoga, con un enfoque sensible al trauma y certificación avalada por la SEP. “Están tomando nota, preguntando, interesándose…”, cuenta Amairani. “Eso rompe muchos prejuicios”.

¿Qué podemos hacer desde afuera?

Aunque el trabajo ocurre dentro de las prisiones, el cambio también se construye fuera.

Cuestionar prejuicios, abrir conversaciones incómodas, iInformarse más allá de lo superficial, apoyar y amplificar iniciativas como esta.

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Proyecto de Yoga en Prisiones México propone cambiar la forma en la que entendemos el daño, el cuerpo y la posibilidad de transformación. Y en un sistema donde todo parece girar alrededor del castigo, esa apuesta —aunque silenciosa— ya es disruptiva.

Si quieres conocer más, apoyar o sumarte a este tipo de iniciativas, compártelo, infórmate y abre conversación. Porque cambiar la mirada también es una forma de empezar a cambiar la realidad.


Fecha de Publicación:
Miércoles 08/04 2026