UN RECUENTO DE LA (HISTÓRICAMENTE DISCRIMINATORIA) POLÍTICA MIGRATORIA MEXICANA.

La historia migratoria de México, así como la de Estados Unidos (y buena parte de los países americanos) ha sido decididamente racista. Mientras a unos (europeos) les abría las puertas con bombo y platillo, a otros (asiáticos) se les restringía, se les perseguía o se les expulsaba. Pongamos un par de ejemplos.

La ley que rigió a México durante todo el siglo XX y ya entrado el XIX fue la Ley de Población de 1936 (en la que se basó también La Ley General de Población de 1974, vigente hasta nuestros días). Su artículo 60 1 decía “Se considera de público beneficio la inmigración individual o colectiva de extranjeros sanos capacitados para el trabajo, de buen comportamiento y pertenecientes a razas que, por sus condiciones sean fácilmente asimilables a nuestro medio, con beneficio para la especie y para las condiciones económicas del país“.

Para hacerlo valer, se crearon Sub-Comités Anti-chinos a lo largo del país, especialmente en los estados norteños. Hay que recordar siempre la matanza de chinos en Torreón, en 1911. El Comité Pro-Raza se justificaba buscando “la protección al enorme número de nacionales sin ocupación que actualmente sufren en el país los rigores de la crisis económica” (algo se
continúa repitiendo).

Además de los chinos, el chivo expiatorio predilecto fueron los judíos. Podríamos citar una circular de la Secretaría de Gobernación en 1934, con instrucciones precisas: “Esta Secretaría [la de Gobernación] ha creído conveniente atacar el problema creado con la inmigración judía, que más que ninguna otra, por sus características psicológicas y morales…y si se descubre que es de origen judío, no obstante la nacionalidad a que pertenezca, deberá prohibírsele su entrada”.

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En 1938, se estableció un tabulador de inmigración: desde países americanos y España, podían venir sin limitaciones; de países europeos occidentales, centrales y del Japón, un tope de mil inmigrantes por año; y cien personas del resto del mundo. Los inmigrantes debían declarar que carecían de prejuicios raciales (bendita ironía) y estaban dispuestos a formar una familia mestiza mexicana, siguiendo el ideal vasconcelista de la “raza de bronce”.

El mismo José Vasconcelos dirigió la revista pro-nazi Timón, y eran comunes las menciones directas del partido nazi en personas como Gerardo Murillo (el pintor conocido como Dr. Atl) y grupos sinarquistas y empresariales, como la agrupación de Comerciantes, Industriales y Profesionistas Honorables, que en 1933 solicitó al presidente la expulsión del país de “turcos, rusos, árabes, sirio-libaneses, checo-eslovacos, polacos, lituanos, húngaros, y, en general, judíos”, por constituir una amenaza racial y económica para el país, y “un gran hombre en Alemania —Hitler—, ya dio el ejemplo a todas las naciones, expulsando a los judíos, que no son otros que los citados”.

Cabe aclarar que no todo racismo era nazi ni fascista, y que antes de la guerra había entre las clases acomodadas una gran germanofilia independiente del nazismo, que perduró incluso después de la guerra en aquellos que odiaban la influencia de los Estados Unidos (como Vasconcelos). En 1954 se celebró la exposición “Alemania y su industria”, en Ciudad Universitaria, frente a la biblioteca central, con un éxito impresionante. Allí fue la primera vez que se mostraba el famoso “bochito” escarabajo, el auto de la gente, icónico en la cultura de nuestro país. El mismo bochito creado por la Alemania nazi, cuya memoria, impresa en un
póster en unas oficinas de Coyoacán, desencadenó hace poco la condena nacional y la quiebra de una concesionaria.

Cabe resaltar que la inmigración latinoamericana (tanto de Centroamérica como del Sur, aunque Cuba fue un caso aparte) en México fue prácticamente inexistente hasta los años setenta, en buena parte debido a la inexistencia de rutas de transporte, pero el boom de asilados (del cono sur y España, profesionistas calificados) y refugiados (sobre todo de Centroamérica, campesinos, e indígenas) en esta década fue causado directamente por la represión por parte de gobiernos militares.

Por fin en 2011 se promulgó la muy necesitada Ley de Migración. En ella, el delito a perseguir es el tráfico de personas, mientras que el tránsito indocumentado es simplemente un procedimiento administrativo, y descriminaliza completamente el apoyo humanitario a los migrantes: “No se impondrá pena a las personas de reconocida solvencia moral, que por
razones estrictamente humanitarias y sin buscar beneficio alguno, presten ayuda a la persona que se ha internado en el país de manera irregular” (artículo 159).

Así, al menos en teoría, en la nueva ley impera el respeto a los derechos humanos por encima de cualquier otra cosa. Incluso se especifica que únicamente las autoridades de migración pueden solicitar documentación migratoria y “solamente en los casos y bajo las circunstancias establecidas en la ley”; además, tengan o no papeles, los inmigrantes tienen derecho a la educación, a la atención médica, a un intérprete, a preservar la unidad de su familia (¿escuchas, Trump?), y a la justicia (lo cual es vital para evitar abusos por parte de patrones).

¿La ley de migración es muy restrictiva y parcial?

Sí, en cierta forma. Solamente el 0.9% de nuestra población (o poco más de un millón de personas) es inmigrante, casi todos ellos provenientes de Estados Unidos. Como turistas, personas de muchas partes del mundo no requieren visa para visitar México: Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, el Área Schengen (es decir, buena parte de la Unión Europea) y los miembros de la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia y Perú) pueden pasar al país solamente con su pasaporte. Y conseguir una visa de turista es relativamente sencillo si puedes probar solvencia económica, aunque es relativamente complejo si no. Pero esto se refiere únicamente al turismo. Para poder trabajar en el país (de forma legal), o residir más de seis meses seguidos, todos los países están en la misma condición.

Pero la verdadera razón es que México es un país de burocracias ineptas y corruptas. No podría reclamar para sí el monopolio de ineptitud y corrupción, ni mucho menos, pero este detalle crea un grado especial de dificultad en torno a la adquisición de una visa de trabajo, de una residencia permanente, y de una naturalización. Por esta razón, muchos extranjeros deciden atenerse a los seis meses de estancia, trabajar sin los documentos necesarios (en caso de hacerlo), y cada seis meses cruzar la frontera hacia Estados Unidos o Guatemala. México, a diferencia de países del Área Shengen o, curiosamente, Bolivia, no requiere de un plazo de tres meses fuera del país para volver aquí. Basta con pasar un día en Antigua,
Guatemala, sellar su pasaporte, y pueden vivir aquí otros seis meses.

Y este es un tema interesante: Según datos del INEGI, en 2015 vivían 739,168 estadounidenses en el país, de los cuales 91.2 % lo hacían de manera irregular, trabajan y no pagan impuestos. México sería así el país con la mayor comunidad de ciudadanos estadounidenses que viven fuera de los Estados Unidos, y casi ninguno de ellos se tomó las molestias de llevar a cabo todo el papeleo, sin mayores consecuencias. Gente joven o retirada, viven en las orillas del lago de Chapala, en Puerto Vallarta, San Miguel Allende, Puerto Escondido, La Riviera Maya. En lugares paradisíacos, sin ningún requisito de entrada.

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Esta es la gran diferencia con los países de los que sí se requiere una visa de turista para entrar al país. Con la necesidad de una visa, vienen los requisitos de solvencia económica y estar calificado a ojos burocráticos. Los requisitos mínimos ponen en clara ventaja a personas provenientes de primer mundo, y especialmente de Estados Unidos. En Centroamérica o en Haití, gran parte de los migrantes desearían solicitar una visa son campesinos, gente con poca educación formal y sin cuenta en el banco. Por eso la pobreza global viaja sin documentos.

Ahora, con el alto total a las solicitudes de refugio por parte de Estados Unidos, los refugiados de Haití y de algunos países africanos, terminan hacinados en la periferia de la Ciudad de México o en Ciudad Juárez, en la llamada “Pequeña Haití”, después de un peregrinaje que comenzó en Brasil, donde fueron recibidos por un tiempo (antes de Bolsonaro) como refugiados. Muchos de ellos sin poder trabajar (ni legal ni ilegalmente), y
dependiendo de los comedores comunitarios de las iglesias.

Los otros son los transmigrantes centroamericanos, que huyen en gran medida de la violencia en sus países, y son detenidos en México o en Estados Unidos: 117.689 personas retornadas (así les llama el INAMI), en su mayoría de Honduras, Guatemala y El Salvador, comparados con las más de 267 mil personas deportadas de Estados Unidos en 2019.

¿Entonces cuáles son las diferencias entre el sistema de EE.UU. y el mexicano?

Allá es un delito cruzar la frontera sin papeles, merecedor de seis meses a dos años de prisión; en México es solamente una falta administrativa. En Estados Unidos tienen una política de tolerancia cero, separando familias en la frontera, y encarcelando a cualquier solicitante de asilo; en México, una de las prioridades es mantener unidas a las familias. En Estados Unidos, la policía puede pedir documentación migratoria en cualquier momento; en México (legalmente), solamente un agente de migración.

En Estados Unidos hay actualmente casos de menores víctimas de abuso sexual y físico en centros de detención, histerectomías forzadas, separación de familias, y un largo etcétera, amparados por la presidencia del país; en México, la única ley que impera en muchos lugares es la del más fuerte. En resumen: si en México imperara la ley y tuviera suficiente trabajo y salarios dignos, la condición de miles de migrantes sería mucho mejor que en Estados Unidos. Pero bien sabemos todos que no es así.

Lo demás es más que sabido: Estados Unidos presiona desde siempre a México para que no permita que los migrantes crucen por nuestro país; el crimen organizado y la corrupción en las autoridades mexicanas hacen que el tránsito de los centroamericanos por México sea un infierno hecho y derecho (miles de violaciones, robos, secuestros, mutilaciones, muertes); una porción considerable de mexicanos desprecia con tintes muy racistas a sus vecinos del sur (especialmente cuando llegan las anuales caravanas migrantes); y además de todo es común el caso de miembros de pueblos originarios, mexicanos, confundidos con centroamericanos y deportados a la frontera sur.


  • TEXTO: Pablo Valdés

  • ILLUSTRACIÓN: Ollie Torres

Fecha de Publicación:
Jueves 17/09 2020