EL LUJO HA CAMBIADO A LO LARGO DE LOS AÑOS; EN UN FUTURO, NO TIENE UN PANORAMA ECONÓMICO ALENTADOR

Muchas veces hemos observado bolsos y relojes brillando de forma etérea en vitrinas de tiendas de gran prestigio que, a través de discretas etiquetas, muestran un precio de números exorbitantes y nos hemos preguntado, ¿qué es lo que hace que esto tan valioso? ¿en qué consiste el lujo? ¿por qué es tan atractivo algo que no se puede obtener fácilmente?

El consumo y la percepción del lujo han cambiado a lo largo del tiempo. Es difícil de entenderlo en su definición ya que esta misma es algo borrosa, necesitamos usar siempre lentes con diversos filtros para poder darle mayor claridad; lo sorprendente es que, al ir cambiando estos cristales, lo cuales pueden analizar desde una base material hasta una constitución moral, su forma va mutando: a veces viéndose como un verde oasis en un panorama de desértica monotonía creativa o a veces como un monstruo que destruye poblaciones de utópica igualdad. Digamos que el lujo es iridiscente, suele cambiar su tono conforme al ángulo en que se observe.

Esta característica mutable del lujo nos ha llevado a lo largo de la historia de la humanidad a enaltecer algunos objetos, experiencias y visiones mientras comenzamos a convencionalizar muchos otros. En este artículo hablaremos de cómo el lujo ha cambiado a lo largo de los años y cómo consideramos que será en un futuro para las generaciones jóvenes que desde hoy no tienen un panorama económico alentador.

El consumo conspicuo es cosa del pasado

Para no entrar en detalles muy profundos, el concepto del lujo ha ido creciendo de la mano con el desarrollo de las civilizaciones humanas. El deseo de atesorar objetos con cualidades casi divinas se remonta a épocas prehistóricas; y para comprender mejor este fenómeno, hay que conocer el orden de nuestras necesidades como personas y como sociedad.

Para quienes no estén familiarizados con la teoría de la pirámide de Maslow, esta consiste en categorizar las necesidades humanas en escalones de crecimiento. En este las necesidades básicas, como las fisiológicas y de supervivencia, se encuentran al inicio con mayor prioridad y, conforme se va subiendo, se van cumpliendo otras que, aunque son igualmente importantes, se pueden prescindir, tales como las necesidades sociales, de autoestima y autorrealización.

Los seres humanos a lo largo de nuestro recorrido histórico hemos avanzado y subido poco a poco estos escalones; cuando un grupo de personas se encuentra estable en uno de ellos y alguien alcanza el siguiente peldaño, esa persona está viviendo un lujo, cubriendo necesidades que van más allá de la norma. Nótese que esto puede causar unas cuantas miradas de desaprobación al no ser justo con el bien común.

En épocas prehistóricas, e incluso hasta la actualidad, cuando las personas solo podían cubrir sus necesidades básicas, era un lujo el poder contar con recursos sencillos como agua potable o un lugar de resguardo; poco a poco estos bienes materiales se fueron diversificando conforme se iban normalizando e iban surgiendo nuevos productos lujosos que hoy en día podría sonar algo mundanos, como por ejemplo la sal. Este recurso que hoy en día se dispone en la gran mayoría de los hogares, era muy difícil de adquirir durante períodos anteriores a la Edad Moderna dado a la lejanía de su origen para algunas regiones y la dificultad logística de su transporte; en estas épocas el poseer sal era algo tan lujoso que los recipientes de esta tenían un carácter ornamental y de gran protagonismo en los hogares que lo podían pagar. Un ejemplo más local es el de la grana cochinilla; este insecto del cual se obtiene un pigmento carmín con un principal uso para el teñido de textiles tiene una complejidad tan alta en su extracción por factores como la salud de los plantíos de nopales, los depredadores, como las dimensiones de los mismos que lo convertían en un recurso muy codiciado por su escasez.

Un salto grande en el peldaño de las necesidades para la sociedad fue el de la intelectualidad, y con este avance, que comenzó a aparecer durante el Renacimiento hubo una redefinición de la posesión exótica no solo con un valor utilitario, sino con un valor de conocimiento del mundo. Durante este época era un gran deseo el sobrepasar las fronteras de panorama cotidiano y lanzarse a la exploración de tierras remotas, donde culturas distintas, animales nunca antes vistos y alimentos sacados de sueños fantásticos comienzan a volverse una realidad material. Es en este momento cuando comienza la era del coleccionismo, donde surgen uno de los primeros formatos de terminologías específicas del mundo del lujo: los Wunderkammer o “gabinetes de las maravillas”, muebles especializado en el almacenamiento de objetos recolectados en las expediciones a tierras exóticas a incluso habitaciones enteras dedicadas a demostrar no solamente un estatus capital sino una apertura de pensamiento en el que no todo miembro de la sociedad podía entrar.

El concepto etimológico del lujo como lo conocemos hoy en día comienza a forjarse; en no solamente una época, sino a través de un personaje que ha marcado una gran pauta en la percepción de lo valioso y atesorable en términos materiales: Luis XIV.

Luis XIV fue una figura monárquica muy importante en el posicionamiento global de Francia en el siglo XVII; como una de sus particularidades es que era la mera definición de lo que hoy conocemos como un “conocedor”; una persona dedicada a refinamiento cuyo interés en las artes y la estética lo llevaron a crear un movimiento de embellecimiento de los objetos cotidianos a través de la labor artesana. Tal fue su impacto en la construcción de piezas de mobiliario, libros, objetos del hogar, distribuciones arquitectónicas, entre otros, que se reconoció este estilo bajo su propio nombre. Esta nueva norma estética comenzó a permear dentro de la aristocracia creando un sentido de pertenencia, una tendencia o moda que los definían como virtuosos, gente de mundo, el primer acercamiento al consumo conspicuo.

El lujo francés comenzó a florecer y reconocerse globalmente, marcando pautas materiales y conceptuales del buen hacer, del bien saber, del buen vivir, del bien comer; donde la empresa privada comenzó a dejar nombres prestigiosos y un legado que garantiza un estándar en la satisfacción tanto personal como de posicionamiento frente a la sociedad.

La moda ahora es crecer como personas

A casi cuatro siglos de surgimiento del lujo francés y el consumo conspicuo, aquél que se define por el gasto monetario en la adquisición de bienes y servicios de lujo con la finalidad de mostrar riqueza, hoy aún vivimos en nuestra mayoría sobre este esquema; sin embargo, están surgiendo cambios en nuestros contextos políticos, económicos, tecnológicos y sociales que nos están empujando a saltar un nuevo peldaño en la pirámide de necesidades de las personas.

Marcas de bienes de lujo con un legado multigeneracional como Louis Vuitton, Hermes o Patek Philipe siguen al alza en el mercado contemporáneo, con estrategias que, adaptadas a un nuevo contexto digital, siguen vendiendo el mismo formato físico de bienes cuyos valores son la calidad de manufactura, la originalidad y el nombre de marca como una garantía de prestigio social.

Durante la última década ha surgido un cambio de paradigma en estas marcas sobre sus bienes materiales: han comenzado a democratizar sus productos. Los artículos de lujo se han vuelto cada día más fáciles de adquirir especialmente desde que, como estrategia mercadotécnica, las marcas de legado han decidido abrir una nueva categoría denominada “de masstige”. A pesar de que estos productos siguen siendo de una gama alta, son más asequibles a un mercado medio que aspira a pertenecer a una
categoría social mayor. Esta aspiración a vivir una vida de lujo a través de consumo de productos y experiencias se ha vuelto más abierta al mercado gracias a nuevos formatos de pago como la renta por día de este estilo de vida. No olvidemos considerar que, a pesar de las recientes crisis económicas, sociales y de desigualdad, la humanidad se encuentra en una de sus etapas más estables respecto a su posibilidad de adquisición de bienes.

Pero si los bienes materiales de los más prestigiosos distribuidores en el mundo se han vuelto algo tan convencional y cotidiano -solo hay que ver en Instagram las marcas que usan nuestros influencers favoritos- ¿será que estamos subiendo un nuevo peldaño en la escala de necesidades? Aún es muy temprano para decir que sí, pero ya estamos comenzando a ver los primeros acercamientos de lo que pide una generación que ni tiene una estabilidad económica como sus antepasados ni tiene un gran interés en poseer, sino en ser.

El contexto que estamos viviendo en estos momentos no tiene antecedentes, una acumulación de distintos cambios no están llevando a vivir de maneras que no hacíamos anteriormente: los movimientos sociales en búsqueda de la equidad y el bien común no tenían la capacidad de viralizarse a un click de distancia, las rutinas de trabajo se han integrado con nuestra vida cotidiana y se ha vuelto más difícil el poder separarlas, la realidad y la virtualidad se han convertido en entornos simultáneos en los que tenemos que navegar a través de diversas proyecciones de nuestra imagen, cada vez más gente migra a las ciudades; el tiempo, el espacio y la movilidad de convierten en medios de cambio comercial, buscamos la igualdad pero celebramos la individualidad, etc.

Todos estos cambios y balances que nos están afectando, y particularmente a las nuevas generaciones, se ven reflejados en el nuevo alcance del lujo; algo fuera de la búsqueda de un estatus a través de los bienes materiales, sino a través de la satisfacción de ser mejores personas tanto individualmente, como de forma colectiva.

En la entrega de mañana conoceremos algunos de los fenómenos que hoy consideramos como Nuevo Lujo.

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Miguel Arjona
Diseñador de producto que radica en la Ciudad de México; su interés en la percepción paradójica de la calidad de los objetos y la evolución de los objetos cotidianos dignificados lo llevaron a estudiar una maestría en Diseño para el Lujo y la Artesanía en Suiza. Actualmente es Director del Programa de Diseño Industrial del Tecnológico de Monterrey Campus Ciudad de México.


  • TEXTO: Miguel Arjona

  • PORTADA: Isabel Loaiza

Fecha de Publicación:
Martes 17/10 2020