CUANDO UNA ELIGE O ES EMPUJADA A VIVIRSE DESDE LA TRANSFEMINIDAD, OCUPA UN ESPACIO SOCIAL QUE YA ESTÁ POBLADO DE IDEAS, PREJUICIOS, DESEOS Y FANTASÍAS, UN ESPACIO SOCIAL QUE SI BIEN ES POROSO Y QUE, SOBRE TODO, NO ES UN MONOLITO, NOS PONE EN EL FOCO DE ATENCIÓN DONDE QUIERA QUE NOS ENCONTREMOS, CON RESULTADOS VARIADOS

¿Qué significa ser visible para una mujer trans?

Son tan diversas nuestras historias, corporalidades y circunstancias, que difícilmente podemos llegar a un consenso sobre lo que para nosotras significa la visibilidad. Aun así, y a riesgo de que hermanas más inteligentes que yo me jalen de la greña, creo que la visibilidad para nosotras es una circunstancia inescapable. En el momento que una elige o es empujada a vivirse desde la transfeminidad, ocupa un espacio social que ya está poblado de ideas, prejuicios, deseos y fantasías. Se trata de un espacio social que si bien es poroso y que, sobre todo, no es un monolito, nos pone en el foco de atención donde quiera que nos encontremos, con resultados variados.

Es complejo hablar sobre lo que implica ser visible en una sociedad donde la transmisoginia (para distinguir la violencia específica que nos persigue y configura) es el pan de todos los días. Claro, los grados de riesgo en los que vivimos no son homogéneos, pero es inevitable sentir que una vive bajo la espada de Damocles cuando se es una mujer trans o una travesti en América Latina, donde no nos olvidemos que la esperanza de vida promedio de nuestra población es de 35 años. Pregunto al auditorio cisgénero que siente fascinación por nuestras historias y sobre todo, por nuestros cuerpos, ¿como cambiaría su manera de estar en el mundo si, por ser quienes son, la esperanza de vida se les redujera a la mitad?

Y es que muy temprano la visibilidad deja claro su precio. Hace unos días cumplí cuatro años de vivirme como mujer trans. Cuatro de treinta. Si bien el proceso es un poco nebuloso como para fecharlo con exactitud, me gusta empezar mi cronología el día que mi mamá me bautizó de nuevo. “¿Qué te parece Romina? se escucha con mucha presencia, y mucha fuerza y personalidad, como tú”. Ese fue su exacto mensaje, y el hechizo sencillo que me cobija en un mundo donde en el primer mes de vivirme en femenino me tocó ser seguida de noche por un hombre que se imaginó que mi existencia estaba en función de su deseo. La primera de muchas veces.

Vuelta de tuerca

Ir al mercado y que se dirijan a mí como “señorita, amiga, muchacha”, que mi papá baile cumbia conmigo en las fiestas familiares, que mis alumnas me llamen “miss” (aunque no me guste), viajar tranquila en el vagón rosa, que el espejo sea una amiga. Cosas bonitas condicionadas a la lectura de mi cuerpo en femenino. Y si bien me dan goce, no me olvido de contrastar estas experiencias de euforia cotidiana con las manos intrusas que hurgan debajo de mi falda, con las fotos diarias de penes que no pedí, con las miradas de sospecha cuando uso el baño de mujeres, con la persistencia con la que algunas de mis tías usan mi nombre de archivo. Extremos siempre presentes, interacciones buenas y malas, agradables o asquerosas, un río de negociaciones que enfrento desde la desventaja, para celebrar una feminidad que adoro y que a la par, es mi pasaporte, siempre en riesgo de ser revocado, en las aduanas donde se juzga mi dignidad humana.

Una declaración: mi existencia no existe en función de ningún deseo más que el mío. Otra declaración: no le debo perfección a nadie. Además: ninguna mirada envidiosa me va a privar del goce de una feminidad que también me pertenece. Para otro día: la visibilidad me complica el amor en tierra de cobardes.

¿Visible para quién?

Nunca me ha interesado la idea de ser ejemplo o inspiración para nadie, así que descarto una función pedagógica. Pero me voy a permitir imaginarme que por alguna excepción cósmica, estoy en un tianguis y me encuentro paseando en sentido opuesto conmigo misma de siete años, su manita tomada de la de mi mamá y la boca siempre lanzando pajaritos al viento. Me imagino cruzándome con ella y sonriéndole con la mirada, directo en nuestros ojos, para decirle que todo eso que intuye, todo eso que sueña pero que no tiene una forma, todo es posible en este cuerpo castigado, codiciado y libre, desde el cual su propia cara es mil veces más suya, a pesar de todo. Por ti lo vale todo.

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Texto por Romina Jauregui, historiadora, docente, gestora cultural y entusiasta de las arañas. Chilanga de tiempo completo.

Ig @romina.jauregui


  • Texto y fotos: Romina Jauregui

Fecha de Publicación:
Jueves 28/03 2024